Es la escena más bella de El Ministerio del Tiempo. Julián, uno de los funcionarios, hace algo que tiene prohibido por contrato: advertir a Federico García Lorca de que no vuelva a Granada porque allí va a ser asesinado. Lorca no da crédito, así que viajan hasta los ochenta para ver a Camarón cantando La leyenda del tiempo. Federico se emociona, como cualquiera que vea la escena y no sea un necio. Y le dice al funcionario que si, después de tantos años, España le recuerda, al final no ganaron sus asesinos: ganó él.
Hay más memoria histórica en la serie de los hermanos Olivares que en los eventos conmemorativos por la muerte de Franco, por eso es inexplicable que TVE no haya decidido rescatarla, a diferencia de a los tertulianos más insignes de Sálvame; pero esa es harina de otro costal. El caso es que esta escena tan bella encierra una verdad: la guerra la ganaron aquellos a quienes recordamos con orgullo. La ganaron perdiendo, porque vencer es convencer, como decía aquel. La ganaron con dolor, tras décadas de hambre, de exilio, de muerte, de injusticia. Pero la ganaron.
Quizá alguno de los ponentes de las jornadas sobre la Guerra Civil organizadas por Reverte y Vigorra hubiera partido de esta tesis, aunque para ello se habrían tenido que celebrar. Como sabrán, hace unos días decidieron cancelarlas por amenazas de escraches tras la polémica surgida a raíz de la negativa a acudir de algunos ponentes. La liebre la levantó el escritor David Uclés, que anunció con un vídeo que no iba a participar en las charlas, a pesar de haber confirmado y aparecer en el cartel; se había dado cuenta ―tarde― de que en él también figuraban José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros, quien, según el escritor, “ayudó a fundar un partido que atenta contra su libertad de expresión y su derecho a existir”.
Uclés puede hacer lo que le plazca, faltaría. Seguramente tenga buenas intenciones, como cuando denunció ante Ayuso la situación de la vivienda diciéndole que con 300.000 libros vendidos ―lo cual son 600.000 euros brutos, tirando por lo bajo, con un contrato editorial al 10%― solo podía comprarse un zulo en Madrid. O como cuando escribió, en este mismo periódico y justo antes de una operación a corazón abierto, que si moría lo enterraran en una cuneta, lo cual, como bisnieta de comunista que murió exiliado, se me hizo una propuesta ―performática y supongo que metafórica― un poco extraña. Igual de extraño me ha parecido que, en estos días, algunos nacidos en los ochenta y noventa hablen de que “sufrimos la guerra” o de “los que perdimos la guerra”, así, en primera persona.
Uclés puede ser el niño en el bautizo, la novia en la boda y el muerto en el entierro si así lo desea. Pero su gesto ha tenido mucho de lo que Pasolini diagnosticó el siglo pasado como el fascismo de los antifascistas: caer en la lógica de que el fin justifica los medios. Convertir al adversario en enemigo. Disfrazar de virtud la censura al otro, su simplificación o la ausencia de voluntad de diálogo. Porque al final, el único que no ha querido existir al lado de Espinosa de los Monteros, el único que ha atentado remotamente contra la libertad de expresión de otros ha sido Uclés, negándose no ya a debatir, sino a compartir cartel con ellos.
Dos años después de la muerte de Franco, Fraga presentó una conferencia de Santiago Carrillo en el Club Siglo XXI. Hoy, David Uclés se niega a compartir cartel con un expresidente de un partido democrático elegido en su momento por mayoría absoluta. Y el de Sevilla es, como escribía la historiadora progresista Zira Box, el diálogo que perdimos todos.