El sinuoso camino de apenas cuatro kilómetros al resguardo de quejigos, alcornoques y robles no tiene salida. Acaba en una ermita de blanco impoluto que da la espalda al impresionante balcón con vistas por el que se desparrama la Sierra Morena. El sol de la fría tarde de un viernes de finales de año se muere mientras que Mari Carmen Rodríguez se desvive con las visitas. Llave en mano, sube al camarín de la Virgen del Monte, patrona de Cazalla de la Sierra (Sevilla), lo abre y se recrea en explicaciones al forastero con amorosa paciencia, como si no llevase haciendo lo mismo 31 largos años. Ni a ella, ni a su marido Jose Antonio Cáceres, que la espera al pie de la noble escalera, les pesa el oficio de santeros: “Te tiene que gustar esto, si no, no aguantas”.
Como ellos, decenas de santeros viven y cuidan de ermitas y santuarios desperdigados en mitad de la naturaleza de la España rural. Son guardianes de lugares sagrados, la mayoría surgidos hace siglos en torno a leyendas de la conquista cristiana de la península, tan devocionales e identitarios que se convirtieron en puntos de peregrinación habitual. Pero el oficio está tan en peligro de extinción que, cada vez, cuesta más encontrar relevo. “Encontrar a dos personas que se desprendan de su entorno familiar y se vengan aquí no es fácil”, reconoce Esteban Cabanillas, presidente de la hermandad de la Virgen de los Santos de Pozuelo de Calatrava (Ciudad Real) y santero de la ermita mariana desde que, en mayo de 2024, no encontrase a nadie que sucediese a la anterior encargada.
A Rodríguez —en realidad, la santera es ella— aceptar aquel singular oficio en abril de 1994 cambió la vida de toda su familia. El matrimonio ya tenía a su hija mayor cuando dejó su casa en el centro de Cazalla para mudarse a la ermita en la que ya tuvieron a su segundo hijo. Desde entonces, no distinguen laborables de festivos, mañanas de tardes, para mantener a punto el santuario de la mayor devoción y patrona del pueblo. “Mantenemos el edificio, regamos las plantas, sabemos dónde está todo y atendemos a los visitantes. Es muy pensionado, pero vivimos muy tranquilos. Hemos sido muy felices aquí, el día que no lo seamos, cogeremos los bártulos y nos iremos, pero no es nuestro pensamiento”, razona Cáceres, a sus 65 años.
Que el matrimonio sevillano viva a cuatro kilómetros de Cazalla y el de los ciudadrealeños a 15 de Pozuelo de Calatrava no es casual. Ambos santuarios repiten un esquema devocional que se comenzó a instaurar a lo largo y ancho de la península, conforme se cristianizaban los territorios ganados a los musulmanes. “Se construían a las afueras como ermitas, eludiendo el control de la Iglesia. Eran ermitas que alcanzaban notoriedad y se convertían en santuarios que, al tener mucha demanda, ya necesitaban a un santero que los atienda”, explica Salvador Rodríguez Becerra, catedrático de Antropología de la Universidad de Sevilla. Y con la fama llegaba una explicación legendaria casi clónica para justificar la presencia del icono en mitad de la naturaleza que resume el investigador: “Siempre es porque la Virgen se apareció, escoge el lugar y la situación, en un diálogo con un pastor en el que le pide que le construya una ermita”.
En esos diálogos hay, casi siempre, otra promesa más al campesino: la aparición “quiere proteger a todas las personas de esa población, lo que crea una gran identidad entre la población y el icono”, como resume Rodríguez Becerra. Así que a la imagen se la llevaba al pueblo, a demanda ante cualquier calamidad, de sequías a epidemias. Con los años, esas venidas se institucionalizaron y se convirtieron en romerías, santo y seña de multitud de pueblos españoles. En Pozuelo de Calatrava ocurre cada tres años, en Cazalla, anualmente cada segundo domingo de agosto y se queda en la villa hasta finales de octubre. “Es entonces cuando nosotros nos cogemos las vacaciones y volvemos a nuestra casa del pueblo. Dormimos tan tranquilos en el santuario que en esos días me despierto hasta con el ruido de unos tacones por la calle”, asegura Cáceres, entre risas.
Esa paz que envuelve la vida del matrimonio cazallero es compartida por la pareja de Cabanillas y su mujer Mercedes Sánchez-Herrera, de 67 y 68 años. “Aquí se está en la gloria. Hemos estado toda la vida cara al público, ahora preferimos estar tranquilos y no ver a tanta gente. El gran problema es que tienes a la familia y a los nietos abandonados”, razona Cabanillas. Pero lo cierto es que el presidente de la hermandad llegó a ese desempeño, después de que en 2024 no encontrase a un candidato para sustituir a la anterior santera. Y eso que la corporación ofrecía un salario de 14.000 euros anuales, además de la vivienda. “Ahora la hermandad se lo ahorra con nosotros. Pero estaremos aquí hasta que nos cuadre. Podemos aguantar dos años más, pero luego habrá que buscar a alguien y no es fácil”, apunta el presidente.
Rodríguez y Cáceres no tienen aún pensamiento de marcharse, a ella le quedan aún cinco años para jubilarse. Pasan sus jornadas atendiendo el santuario y a los devotos con un esmero y parsimonia poco común hoy en día. “Los fines de semana viene gene de fuera y los días entre semana, del pueblo”, apunta el marido. Más allá de romerías y procesiones, el matrimonio es testigo de una tradición viva en Cazalla: cada niño que nace, nada más salir del hospital de la vecina Sevilla, pasa por el santuario antes de entrar en su casa. Pero a Cáceres el gesto se le vuelve circunspecto cuando piensa en quién les sucederá en sostener todas esas tradiciones en el lugar: “El futuro lo veo muy complicado. La juventud venirse aquí, sin festivos ni nada, apañarse con niños… Como no sea un matrimonio mayor”.
Rodríguez Becerra coincide en el diagnóstico. En el pasado, la huida del mundo y de la ciudad “ha sido una constante histórica” entre las clases altas, por gusto, y las desfavorecidas, por necesidad, como recuerda el investigador. Los segundos encontraban en el oficio de santero lugar y sustento, muchas veces gracias a las limosnas y al aprovechamiento de las tierras que rodeaban a los santuarios. Pero hoy, con zonas rurales cada vez más vacías, el de santero “un oficio en extinción” para el antropólogo. “Se ha hecho cada vez más insnstenible. La vida de un ermitaño aislada no es lo idóneo para una familia de hoy en día. Antes era una forma de sobrevivir, hoy exige unos salarios que las hermandades no siempre pueden sostener. Solo los santuarios con mucha demanda los mantendrán”, apunta Rodríguez Becerra.
El sol comienza a esconderse por los cerros de la Sierra Morena y el ir y venir en la ermita de la Virgen del Monte se convierte en un silencio sepulcral que les acompaña hasta el amanecer. Aunque Cáceres confiesa tener un antídoto para las noches en las que alguna tribulación le roba el sueño: “Tenemos el privilegio de que estamos a su vera, hay veces que subo y me pongo a mirarla, a rezarle”. El tiempo dirá cuánto seguirá el matrimonio al frente del cuidado de ese lugar sagrado y si alguien les sucederá. Por si algún interesado apareciese en el futuro, el santero asegura que el lugar garantiza vivencias dignas de ser recordadas: “Es una experiencia muy bonita, he visto llantos de alegría y de tristeza. Si yo escribiese un libro… La fe hace que nos agarremos a un clavo ardiendo”.