Cuando hace 40 años, en diciembre de 1985, puse por primera vez un pie en Nueva York, no era consciente de que acababa de emprender un viaje sin retorno. Sin habérmelo propuesto, el centro de gravedad de mi vida se había desplazado para siempre al otro lado del Atlántico, que desde entonces he cruzado en unas trescientas ocasiones. Dos tercios de mi vida han transcurrido en Nueva York, ciudad que me ha marcado de manera indeleble: aquí hice un doctorado en literatura, gané una cátedra en un college de élite y nací públicamente como escritor, con una novela que ganó el Premio Nadal en 2006, Llámame Brooklyn. Aquel mismo año fui nombrado director del Instituto Cervantes de la ciudad, cargo que desempeñé hasta 2011. Desde que llegué, he observado atentamente la cultura estadounidense a través de un prisma doble: la situación del español y el estado de la cuestión de la literatura norteamericana. Década tras década he ido dando cuenta de ambas cosas desde las páginas de este periódico.
En cuanto a la literatura, he mantenido conversaciones a fondo con Joan Didion, Janet Malcolm, Toni Morrison, Anne Carson, Siri Hustvedt, Norman Mailer, Philip Roth, John Updike, Paul Auster, David Foster Wallace, Don DeLillo, Salman Rushdie y Richard Ford, entre otras figuras de relieve. De muchas tuve que escribir después su obituario. Si algo traslucen aquellas conversaciones es que las contradicciones que han sacudido siempre de manera violenta al país son mayúsculas. Desde que llegué han pasado por la Casa Blanca siete presidentes: Ronald Reagan, George H. W. Bush, Bill Clinton, George W. Bush, Barack Obama, Joe Biden y Donald Trump. El mero hecho de transcribir este último nombre tiene un efecto paralizante, dadas las atrocidades que perpetra su Administración de manera incesante. Por lo que se refiere al español, el ataque a nuestra lengua es frontal. El mero hecho de hablarlo te convierte en sospechoso y posible reo de deportación, aunque no es ese el final de la historia. El español llegó a lo que es hoy territorio norteamericano antes que el inglés y jamás nadie logrará erradicarlo, al revés, cada vez tendrá más fuerza. Conviene precisar que Trump es la cristalización de una tendencia que siempre ha estado presente en la historia estadounidense; baste recordar al Ku Klux Klan o la era de Joseph McCarthy.
Inmediatamente después de que el ocupante actual de la Casa Blanca tomara posesión del cargo por segunda vez, mucha gente de mi entorno que llevaba décadas residiendo legalmente en este país, la mayoría artistas, escritores, cineastas, muchos de ellos españoles, tomaron la decisión de adoptar la nacionalidad estadounidense. Un motivo de peso es la inseguridad, pero no es el único. Como cuestión de fondo está la precariedad de la democracia en un país que se constituyó sobre la inviolabilidad de los valores democráticos. Norman Mailer fue el primero que me hizo notar el peligro que corría la democracia como tal cuando lo entrevisté en plena guerra del Golfo, en 2003. Desde entonces la situación no ha hecho más que deteriorarse hasta llegar a donde nos encontramos hoy. En estos momentos Estados Unidos es un país fascista. No cabe caracterizar de otro modo lo que estamos viviendo. Conviene volver a precisar. No es que el fascismo se haya adueñado de Estados Unidos de manera monolítica. En muchos lugares, Nueva York uno de ellos, hay un profundo sentimiento de repulsa hacia lo que está sucediendo, lo cual ha dado lugar a movimientos de resistencia. Mis dos últimas colaboraciones para este periódico se ocupan del libro más reciente de Thomas Pynchon y de la historia de Nueva York en los años treinta y cuarenta del siglo pasado, contada por Mike Wallace. El denominador común es la resistencia al fascismo. Eso es también lo que subyace a la decisión que tantos hemos tomado últimamente de, invocando un título elocuente (bien que inexacto) de Gertrude Stein: ser “americanos”.
Llegar a serlo no es un proceso exactamente fácil. En su fase final, superados todos los trámites, tuve que acudir a una entrevista en el siniestro edificio ubicado en 26 Federal Plaza, limítrofe con Broadway, en Manhattan Sur. Al acercarse, lo primero que llama la atención es un cartel con las siglas ominosas de ICE —el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas—. Al amanecer, a merced del viento y el frío, se forman colas interminables de gente que no sabe bien qué suerte acabará corriendo cuando las autoridades examinen su caso. Un artículo escalofriante publicado no hace mucho en este periódico daba cuenta de atrocidades perpetradas por los agentes de ICE contra inmigrantes a quienes esposaban después de derribarlos al suelo en pasillos o ascensores. No vi nada de eso, aunque sé que es cierto porque está ampliamente documentado. Mi experiencia en Federal Plaza fue totalmente distinta a lo que me esperaba. Lo que vi puso de relieve la enorme disfunción que estamos viviendo hoy en este país. En mi experiencia, los encargados de atender a los inmigrantes fueron gente extraordinariamente afable y deseosa de ayudar. Mientras aguardaba, pude observar la más diversa variedad humana que cabe imaginar, hombres y mujeres de todas las razas, lenguas y estatus sociales. Algo que me llamó poderosamente la atención fue la considerable proporción de hispanos que había entre el público, y el hecho de que quienes los atendían utilizaran el español para comunicarse con ellos. El tenor de las conversaciones subrayaba su voluntad de ayudar. El motivo que con mayor insistencia se repetía era lo precario de la situación en la que se encontraban quienes no eran ciudadanos y las dificultades que tendrán que afrontar los que aspiren a serlo en un futuro inmediato, cuando entren en vigor medidas aún más duras que las que han regido hasta ahora. La entrevista que me hicieron reforzó la impresión de solidaridad que transmitían los funcionarios. La última pregunta que, como parte del llamado examen cívico, me hizo el encargado de revisar mi caso fue: “¿Cómo se llama el presidente de los Estados Unidos?” Cuando escuchó mi respuesta, sonrió enigmáticamente. No lo dijo, pero era evidente que sentía una profunda antipatía por el individuo objeto de su pregunta.
Hace unos días tuvo lugar la solemne ceremonia en que se nos concedió la ciudadanía a un centenar y medio largo de personas. No fue en Federal Plaza, sino en Pearl Street, la calle en la que nació y vivió durante años Herman Melville. Presidió la ceremonia una jueza de origen latino que pronunció un discurso en el que denigró la hostilidad de la política migratoria de Trump. “Esta es una nación que desde su nacimiento se ha sustentado sobre los hombros de los inmigrantes,” proclamó con vehemencia, y evocó la historia de sus padres, que llegaron a Ellis Island huyendo de la pobreza sin hablar una palabra de inglés, recordando que pese a lo humilde de sus orígenes había llegado a ser jueza federal. Cuando comuniqué a mis amigos que me había nacionalizado estadounidense (sin perder la nacionalidad española) la reacción era siempre cortés, pero con grandes dosis de reserva. Identificaban Estados Unidos con la imagen que proyecta hoy la Administración del país. Pero Estados Unidos no es Trump, como Alemania no fue Hitler, Italia Mussolini o España Franco, figuras execrables que la historia se ha encargado de borrar, como lo hará con Trump. Solo algunos de los que me felicitaron supieron discernir. Estados Unidos es Martin Luther King, Angela Davis, Rosa Parks, es James Baldwin y es Zohran Mamdani, el alcalde de mi ciudad, un inmigrante socialista y musulmán nacido en Uganda que hace ocho años se hizo ciudadano. Para poder votar por gente como él y apoyarlo en su lucha contra el fascismo es importante hacer lo mismo.