
Los topónimos no son fríos. Era siempre una emoción hablar con José Manuel Blecua de todo lo que cabe en las palabras, seres vivos que se escapan de los diccionarios para respirar entre las personas. Hace ahora dos años, cuando dejó un legado en la Caja de las Letras, recordó su trabajo como director académico del Instituto Cervantes entre 1994 y 1995. Poner en marcha la institución junto a Nicolás Sánchez-Albornoz le hizo comprender que los topónimos no son fríos. Cada vez que escuchaba noticias sobre algún suceso en El Cairo o en Beirut, una sequía, una guerra, los topónimos se llenaban de gente, personas que salían todas las mañanas a la calle, caminaban entre las dificultades de la existencia y decidían, por ejemplo, estudiar o enseñar un idioma. La cordialidad de Blecua era inseparable de su amor por las palabras. A través de ella había aprendido, como lector y filólogo, a respetar el menester y la conversación de los hablantes.