María Moco era una vieja gitana que vivía en unos túneles a los que acabó dándoles nombre, y que se comía a los niños, ¿o solo criaba pavos, de ahí lo de los mocos? Esas oquedades recorren buena parte de Cádiz y eran tan antiguas que las construyeron los musulmanes, por eso, en una de ellas hay unas esculturas de 12 moros jugando a las cartas, ¿o eran apóstoles? ¿Acaso la susodicha María Moco siquiera existió? Por cada historieta oral que se cuenta sobre las famosas cuevas de Cádiz, hay otra leyenda que se superpone. Aunque la realidad es mucho más prosaica: los casi tres kilómetros que recorrían el subsuelo de las Puertas de Tierra de Cádiz ni eran cuevas, ni tienen origen medieval, ni horadan toda la ciudad. Formaban parte de un intrincado sistema de galerías y contraminas defensivo construido a mediados del siglo XVIII.
Más de un siglo y medio después de que comenzaran a construirse esos pasadizos subterráneos, Cádiz ha desmitificado su leyenda con la primera apertura a visitas patrimoniales de su historia. El Ayuntamiento ha abierto temporalmente las conocidas como Cuevas de María Moco en el marco de su festival anual Orgullos@s de Nuestra Historia, este año dedicado al esplendor comercial que zarandeó la ciudad gracias a su comercio de ultramar. La expectación ha sido tal que las entradas, gratuitas bajo invitación, volaron a las pocas horas. En total, desde este miércoles y hasta el próximo 27 de septiembre está previsto que pasen 2.000 personas, agrupadas en 12 visitas al día. Son los afortunados que han conseguido pase y no se han quedado fuera.
“Que la ciudad pase de la leyenda a la realidad”, ha avanzado el alcalde, Bruno García, la mañana de este miércoles, poco antes de entrar en la galería, como lema que ha guiado los pasos del Ayuntamiento para abrir el espacio. Aunque los túneles son propiedad municipal, el acceso a este tramo visitable se realiza por el Instituto Hidrográfico, una institución de la Armada Española que ha colaborado con las visitas. De hecho, resolver la cuestión de la entrada a las galerías es uno de los problemas con los que se han topado los intentos anteriores —tanto públicos como privados— para hacerlos transitables. La otra pega no es baladí: que el acceso a unas infraestructuras cerradas y abandonadas durante siglos sea “seguro”, como ha añadido el regidor. De ahí que el Ayuntamiento afronte esta apertura temporal como una primera toma de contacto ciudadana con la intención de convertir las visitas a las Cuevas de María Moco en un recurso patrimonial estable.

Los afortunados que han conseguido entradas para estos días se encontrarán con un tramo de galería de unos 200 metros de largo, 1,60 metros de ancho y una altura de unos 2,50 metros. El suelo es de cal y arena; los muros, de sillares de piedra ostionera —un material extraído del mar típico en la arquitectura gaditana— y el techo, abovedado en ladrillo. En su interior, huele a humedad y la oscuridad —resuelta con unos candiles que entregan a cada visitante— es casi total. De todos los túneles construidos a mediados del siglo XVIII para proteger la ciudad, se visita un tramo de la galería aspillerada o de fusileros, donde los militares se apostaban con fusiles apuntando a través de unas troneras que miraban a la bahía y lindaban con una zona de arenales de mayor debilidad defensiva.
No hay ni rastro de la vieja que se comía a los niños, ni de los moros jugando a las cartas, ni de esos laberintos en los que la gente se perdía durante días. Pero son precisamente esas leyendas sin fin las que han alimentado el interés por unas supuestas cuevas, tan presentes en el imaginario colectivo que no hay gaditano que, pese a nunca haberlas visto, no las conozca o sepa citar alguna historieta. “Las cuevas de María Moco son un mito. No deja de ser el nombre que popularmente se le da a unas galerías militares. Podrán parecer cuevas, pero son estructuras antropológicas militares”, razona Francisco Javier Ramírez, historiador y dueño de la empresa de dinamización cultural y arqueológica Tripmilenaria.
“Más allá de leyendas, el fin era la defensa. Cuando la ciudad se convierte en un emporio comercial, era fundamental”, apunta Pepe Gener, arqueólogo municipal. Por eso, más allá de todos esos mitos orales, ese sistema defensivo bajo tierra estaba bien documentado en su origen y era compartido con otras plazas fuertes en países como Portugal o Francia. Los túneles formaban parte de un sistema de galerías, travesaños y contraminas que discurría en forma de ramales bajo los glacis de las Puertas de Tierra, la zona previa al foso de la muralla, diseñada con cuestas y requiebros para dejar expuesto al enemigo.
“No estaban todas conectadas entre sí, no es un laberinto”, añade Gener, para derribar otro mito. En el caso de los túneles de las contraminas, cada ciertos metros, se abrían en huecos abiertos al cielo llamados hornillos con caídas de varios metros. Ahí se colocaban barriles de pólvora con largas mechas para explosionarlos cuando el enemigo discurriese cerca de ellos. En un plano de 1810 que representa ese sistema fortificado que cierra el paso en el istmo de Cádiz desde el Atlántico a la bahía, se aprecia ese intrincado recorrido de galerías y ramales que, entonces, abarcaba más de tres kilómetros.

Cádiz ideó, a lo largo de los siglos, todo este sistema defensivo rotundo, perfeccionado y blindado después de que el salvaje Asalto Angloholandés de 1596 dejase la ciudad tan destruida que los dirigentes de entonces llegaron a debatir trasladar la ciudad a la vecina localidad de El Puerto de Santa María. Tras aquel saqueo —en el que se perdió patrimonio mueble, documental y edificios— y la fortificación posterior, la ciudad se volvió inexpugnable —con la excepción de la entrada de los Cien Mil Hijos de San Luis en 1823—. “Es uno de los mejores sistemas defensivos de España”, explica Gener. Tanto era así que, paradójicamente, ni las Puertas de Tierra, ni sus legendarias contraminas se llegaron a estrenar jamás en una encarnizada batalla porque el enemigo ni llegó a poderse acercar tanto.
Pero lo que no pudieron las potencias enemigas, lo vencieron los temporales y los años. A lo largo del siglo XX, los glacis desaparecieron bajo el empuje del desarrollismo que acabaría por dar lugar al barrio de Bahía Blanca. La mayoría de las entradas y ramales de los túneles quedaron sepultados, destruidos o perdidos bajo edificios de nueva planta. Pero en la zona del Baluarte de San Roque, el embate del Atlántico desprendió los lienzos de muralla y dejaron al descubierto los huecos de los pasadizos en la popular playa de Santa María del Mar. Fue ahí donde comenzó a gestarse la leyenda. “Cuando se abandonó todo el sistema defensivo, se asentaron personas de etnia gitana en las galerías, ya que la municipalidad no les dejaba entrar en el barrio de Santa María”, explica Ramírez.

Los túneles sirvieron entonces de paupérrimo alojamiento, como punto de movimiento del comercio del estraperlo o, directamente, para delinquir, como una banda de rateros de los años treinta del siglo pasado que se dedicaba a usarlos para esconder su botín de asientos de coches robados. Lo que nunca fue un mito es que eran espacios peligrosos. Julio Molina Font, en su obra La historia pequeña de Cádiz, documenta diversos accidentes de personas que, a principios de ese siglo, cayeron por los hornillos o se perdieron en su interior. No es de extrañar que de esos mismos años daten las leyendas que las madres preocupadas debieron poner a circular de esa mujer —a veces bruja, a veces vieja despechada por un desamor— que se comía a los niños o hacía sortilegios con ellos, para matar la curiosidad de los chavales. “La idea de María Moco se la relaciona con una mujer gitana que criaba pavos, de ahí lo del moco, pero no hay nada certero documentado”, añade el historiador.
Con el mito ya creado, la leyenda no dejó de crecer, aumentada por chicos que decían haber entrado y salido por los sitios más insospechados y haber visto escenas fantásticas, como la de esas esculturas de unos moros jugando a las cartas. Y la historia hizo tan grande que hay quien “se hace un lío y cree que Cádiz es un queso gruyer”, bromea Ramírez. “Tiene algún agujero que otro, pero no tanto”, añade el historiador. La confusión está fundamentada también en que no son pocos los espacios subterráneos que tiene la ciudad en un casco histórico que está habitado desde hace tres milenios. Desde tramos de cloacas romanas —hay uno constatado en el barrio del Pópulo—, oquedades convertidas en iglesias —ahí está la capilla penitencial de la Santa Cueva— a los numerosos aljibes con los que las casas palacio de los siglos XVII en adelante captaban y almacenaban las aguas de lluvia.
“Pero eso no implica que esos espacios estén interconectados”, añade el gestor cultural. La excepción estaría en un supuesto túnel de huida que debía de existir desde el antiguo Castillo de la Villa —hoy parcialmente perdido, pero que estaba ubicado en el barrio del Pópulo— que atravesaba el Teatro Romano, la catedral, conectaba con la iglesia de San Francisco y terminaba en la capilla del Caminito. “Hay un plano de mediados del siglo XVIII que lo muestra, pero con eso hay dudas”, apunta el arqueólogo. Si sigue existiendo o no, total o parcialmente, es otro misterio a resolver, de esos que pueblan el imaginario colectivo de Cádiz.