A La Rioja le dicen la de los siete valles porque siete son los ríos que la surcan, sin contar al Ebro, que se los bebe a todos. Los siete nacen en el Sistema Ibérico, al sur de la región, y son el Tirón, el Oja, el Najerilla, el Iregua, el Leza, el Cidacos y el Alhama. El Tirón riega los viñedos de La Rioja Alta. El Oja da nombre a la tierra y al vino. El Najerilla arrulla a los muchos reyes, reinas e infantes que descansan para siempre en el monasterio de Nájera. El Iregua da de beber a seis de cada diez riojanos. El Cidacos y el Alhama, frutas, verduras y aguas termales. ¿Y el Leza? El Leza no da nada. Solo gusto verlo.
En el cielo, hay un enjambre de buitres leonados y otro más colorido de mariposas. En el suelo, orquídeas y huellas de dinosaurios. A los lados, dos laderas casi verticales de 700 metros. Y alrededor, los pueblos del Camero Viejo, solitarios, de pura piedra y tradición trashumante. Buen lugar, el cañón del Leza, para pasear admirando el paisaje. O para ir saltando con un neopreno de poza en poza.
Salvo que se viva en La Rioja o más al norte, lo normal es acercarse al Leza por su curso alto, por el sur, siguiendo la carretera de Soria a Logroño (N-111) y desviándose a la derecha por la LR-250, poco después de atravesar el túnel de Piqueras. Esta última es una carretera de otro siglo, no del XXI: estrecha, bacheada, sin arcenes, sin usuarios, solo vacas que se quedan paradas en mitad del maltrecho asfalto mirando para el coche que se aproxima, no como si no hubieran visto otro en todo el día, sino en su vida. Para llegar a Soto en Cameros, que está a solo 31 kilómetros del desvío, el navegador pronostica que se tarda 43 minutos, como si lleváramos un tractor. Y acierta.
En el puerto de Sancho Leza, a casi 1.400 metros de altura, se pasa de la cuenca del Iregua a la del Leza y el paisaje, para que se note, cambia de traje: el ordenado bosque de pinos silvestres, que huele a repoblación, da paso a otro de robles corpulentos, que es un vestido más noble, antiguo y espontáneo. La carretera caracolea por municipios a medio vaciar —Laguna, Cabezón, Jalón, San Román…, todos de Cameros—, con densidades de población parecidas a las del Sáhara: 2,5 habitantes por kilómetro cuadrado.
Al llegar a Soto en Cameros, la capital del Camero Viejo, tampoco se ve una multitud. Solo hay un bar abierto, El Casino, cuya encargada nos invita a volver a mediodía para probar la oreja y las patas de cerdo. Un cartel anuncia los legítimos mazapanes de Soto: Viuda de Manuel Redondo. “Pero solo los hacen en Navidad”, informa la misma encargada. En los soportales de la plaza de la Constitución, otro cartel advierte: “Se prohíbe la entrada de carruajes y caballerías por portales bajo las multas de 20 y de 4 reales respectivamente”. Y en el pasadizo que rodea la cabecera de la iglesia de San Esteban, leemos con asombro la larga lista de los vecinos del Camero Viejo que emigraron a América entre 1880 y 1936. Ninguno volvió, por lo que parece.

Mirador del Torrejón
El río Leza, que hasta aquí culebrea por un ancho valle en V, se encajona nada más enhebrar el puente medieval de Soto en Cameros formando un sinuoso cañón de seis kilómetros, comprimido entre escarpes de 700 metros, donde los estratos calizos forman escalones que antaño fueron bancales de cultivo y ahora son bancos naturales donde los pocos vecinos y turistas se sientan anonadados a contemplar tanta belleza. Aunque cualquier bancal es un excelente observatorio, la palma se la lleva el mirador del Torrejón, que está a dos kilómetros de Soto en Cameros, valle abajo. Una senda sencilla y bien señalizada permite acercarse en una hora desde la misma población.
Asomados al mirador del Torrejón, veremos cientos de buitres leonados —71 parejas, más los solteros—. Están tan acostumbradas a que los miren y remiren los humanos, que pasan raspando sobre sus cabezas y se posan a pocos metros, tan cerca que sobran prismáticos y teleobjetivos. O no sobran, porque además de los confianzudos buitres, pululan multitud de otras aves —es zona de especial protección de ellas—: alimoches, águilas calzadas y reales, culebreras europeas, halcones peregrinos, azores comunes, búhos reales, cuervos grandes, chovas piquirrojas, roqueros solitarios…

Tras admirar el cañón y su fauna alada desde el mirador, se puede regresar por el mismo camino en otra hora o desviarse a los 500 metros por una trocha descendente para completar el recorrido hasta Soto en Cameros por el fondo del barranco en una hora más (tres en total). Un letrero de madera indica el desvío y, de no encontrarlo, basta con seguir las indicaciones y el track que se facilitan en Wikiloc. Cuando el río lleva bastante agua, en primavera y otoño, desviarse al fondo del barranco no es aconsejable, porque caminar allá abajo se complica sobremanera. Entonces, lo suyo es volver por la senda de arriba, la sencilla. O dejarse de sendas, enfundarse en un neopreno y disfrutar del Leza saltando de poza en poza, asistidos por los guías de Moscaventur.
La senda de los saurópodos
Siendo espectacular, el mirador del Torrejón tiene una pequeña pega desde el punto de vista senderista, y es que también se puede llegar hasta él conduciendo por la carretera LR-250, la cual discurre asimismo por la margen izquierda del cañón, unos metros por encima de la senda peatonal. Aunque no se ve mucha gente en coche ni a pie en todo el Camero Viejo, basta que uno llegue deseando asomarse solo a este privilegiado observatorio y se encuentre con un autocar lleno de colegiales logroñeses o con un nutrido grupo de motoristas que ha decidido detenerse precisamente en esta curva, la más vistosa de las 1.313 que tiene la Ruta de los Tres Valles. Secreto, este mirador no es.
Para los caminantes que buscan una soledad y un silencio absolutos, hay una senda apartada que lleva por la margen contraria del cañón hasta lugares perdidos en el espacio y en el tiempo: lugares que se formaron hace 140 millones de años, en el Cretácico Inferior. Entonces la erosión fluvial aún no había excavado el cañón. Esto era un delta donde el primitivo Leza, mucho más caudaloso que el actual, desembocaba, no en el Ebro, sino en el mar de Tetis, y donde, en vez de vacas, pacían dinosaurios. Los dinosaurios desaparecieron, pero dejaron el monte lleno de icnitas, huellas fósiles como las que pueden verse en los yacimientos Soto 1 y Soto 2, paseando cómodamente desde la ermita de la Virgen del Cortijo, en lo más alto de Soto en Cameros.

En el yacimiento Soto 1, a solo 10 minutos de paseo desde la ermita, se ven impresas 53 huellas de 17 bestias prehistóricas: 8 carnívoros, 4 herbívoros y 5 sin identificar. No es difícil distinguirlas, sobre todo cuando el primer sol incide de soslayo en la roca, perfilando como con tiza y carbón las impresiones tridáctilas de los dinosaurios terópodos. Lo difícil es leer el cartel que explica lo anterior, porque está clavado en un poste al borde del precipicio, mirando al abismo. En el yacimiento Soto 2, que está a dos kilómetros largos de la ermita, sí se lee fácilmente, sin riesgo de despeñarse, el cartel que dice que está formado por 154 pisadas de pies y manos de herbívoros cuadrúpedos (saurópodos). Corresponden, según los expertos, al tránsito de una manada de ellos por un suelo fangoso y revelan la tendencia de aquellos enormes reptiles a proteger a sus crías rodeándolas, igual que hacen los búfalos o los elefantes.

La senda de la margen derecha del cañón, la de los dinosaurios, se arrima después a la sima del Chorrón y completa un recorrido circular de 9,4 kilómetros (unas cuatro horas de duración) pasando por los corrales de Playerne y de Zorraquín. Pero mejor que hacerla entera, más divertido e instructivo es llegar solo hasta el segundo yacimiento, contemplar el inmenso panorama y volver por donde se ha venido observando, para variar, la vida menuda que bulle en estos vertiginosos bancales. Cambiando de objetivo fotográfico y mental, prestaremos ahora atención a las orquídeas. Veremos cómo la Ophrys scolopax u orquídea becada, que carece de néctar, imita maravillosamente a las abejas para asegurar su polinización. Y prestaremos también atención a las mariposas —la abecerraje orión, la duende naranjitas, la duende mayor, la ondas rojas, la cleopatra, la ícaro…— que revolotean y copulan confiadamente sobre las mismas rocas donde sus gigantescos coetáneos, los dinosaurios, rodeaban temblorosos a sus crías para sobrevivir. Ellos ya no están. Ellas sí. En ir y volver fotografiando unas y otras, las criaturas menudas y las huellas de las gigantes, se tardará un par de horas.

Trevijano, su dolmen y su nevera
Otra senda apetecible es la que conduce desde Soto en Cameros hasta Trevijano, un lugar alto y bonito habitado en su día por ganaderos trashumantes, que estuvo a punto de despoblarse y desaparecer en la década de 1970. Menos de 30 mujeres y hombres viven en esta pedanía de Soto en Cameros, que tampoco es que tenga un censo enorme (82). La senda —circular, de 15 kilómetros y seis horas de duración— pasa también por el collado de Mayo, donde hay un sepulcro megalítico. Si no se tiene tiempo o ganas de recorrerla entera, por lo menos hay que aproximarse a Trevijano en coche, dar un garbeo por el pueblo y visitar su nevera: un pozo de nieve del siglo XVI, que está a 10 minutos de paseo desde la ermita del Santo Cristo.

Para comer antes o después, aparte de las raciones de El Casino de Soto en Cameros, se puede probar el cabrito camerano asado del restaurante Presa de Terroba, en Terroba, y la cocina tradicional riojana de Monterreal, en San Román de Cameros. Y para dormir, la verdad es que no hay mucho donde elegir. A falta de hoteles rurales o de los otros, en Soto en Cameros está el albergue Las Huellas, siempre a tope de jóvenes, mochilas y alegría, algo de agradecer en una tierra de emigrantes y dinosaurios.