Hace infinitos años ese músico excelso llamado Paul Simon se empeñó en hablar de la belleza y las complejas sensaciones que procuran los sonidos del silencio. No creo que la masa esté de acuerdo con la ausencia de ruido. Imagino que el yoga y otras religiones, o ciencias de autoayuda, o propuestas esotéricas, sí valoran el silencio. Pero no los que atraviesan su existencia mirando continuamente la pantalla de un teléfono, inmersos en ese paraíso de la vida o de la comunicación definido como redes sociales. Ahí no es precisa la comunicación oral. Pueden pasarse el día, e incluso la noche, sin hablar cara a cara con nadie.