La definición de las candidaturas de Morena –un proceso nacido para ocurrir puertas adentro que ha terminado curioseado por todos– ha llegado a su tramo más empinado.
Diez coordinaciones estatales ya han sido reveladas. Las siete restantes dejarán, por fin, de ser una incógnita. Este lunes Morena presentará a quienes encabezarán Chihuahua, Nuevo León, Sonora, Tlaxcala, Nayarit, Baja California Sur y San Luis Potosí.
Sobrará tiempo para debatir en torno a los resultados. La pregunta que deslumbra es otra: ¿por qué las encuestas –un mecanismo que durante años permitió a Morena ordenar sus candidaturas sin sobresaltos– hoy parecen tan tortuosas?
Sostengo que el lío con los sondeos no es un problema de método sino del mundo alrededor del método. Durante años, las encuestas funcionaron bajo cuatro condiciones no replicables.
Primero. Aunque no suele ser lícito explicar un fenómeno histórico cargando todas las culpas sobre un individuo, aquí me resulta difícil esquivar el nombre: Andrés Manuel López Obrador. Su liderazgo operaba como fuerza centrípeta.
La segunda cualidad para la eficacia plena de las encuestas era una coalición menos compleja. PT y Partido Verde eran socios de una alianza con menos gubernaturas, menos congresos, menos alcaldías, menos aspiraciones. A menores expectativas, menos sombrerazos.
Además, hoy los aliados están despiertos. Hoy saben, con la precisión que proporcionan los números, que Morena los necesita para alcanzar una mayoría calificada que ya aconteció, que es legal y que es viable.
La tercera situación es la paz hipócrita del paisaje o que existen pocos –cero– destinos soleados para el exilio.
La cuarta circunstancia es más palpable. Nadie –o casi nadie– miraba el mecanismo demoscópico con el énfasis con que se observa ahora. Lo que antes funcionaba fuera de cuadro se ha adelantado al primer plano.
Morena ha dejado de ser uno de tantos para convertirse en el sitio alrededor del cual el poder gravita. Sus procesos internos –otrora irrelevantes– determinan candidaturas con altísimas posibilidades de triunfo. Candidatura y gubernatura son sinónimos cercanos.
En ese contexto habría que entender la coacción del PT: el retumbe de sus inconformidades y el volumen de aquello a lo que aspiran.
Dos reflexiones al respecto.
La primera tiene que ver con una confusión frecuente: complementariedad no significa equivalencia. El café ayuda a vender azúcar y el azúcar acompaña muy bien al café. Juntas valen más sin que por eso valgan lo mismo. El PT y el Verde aportan pocos votos, algunas estructuras, pero lo que Morena aporta es todo lo demás. El PT haría mal en confundir el peso que tiene con el que adquiere cuando sube con el guinda a la balanza.
Conocedor de lo anterior, es posible que la gubernatura que se dice busca el PT sea el tiro alto de una negociación que apunta más abajo. Puede que el premio mayor le llegue de refilón; mientras tanto, negociar arriba sirve para cobrar abajo: presidencias municipales, diputaciones, otros espacios de representación.
La segunda reflexión tiene que ver con el precedente. Si el guinda admite ahora que los segundos lugares de una encuesta se conviertan en patrimonio de sus hermanitos, la tentación les provocará para la presidencial del 2030.
Las discusiones que hoy llenan la agenda pública en torno a las encuestas de Morena son espléndidas noticias.
Frente a las viejas convenciones partidistas y al dedazo, la encuesta introdujo en la vida pública una idea distinta: trasladar las decisiones de la dirigencia al electorado, preguntar qué nombres conoce, cuáles despiertan confianza y cuáles podrían ganar.
Lo que algunos llaman opacidad, falta de transparencia o caja negra en el proceso interno de Morena –mientras del otro lado sabrá El Creador qué ocurre– quizá nazca de confundir el efecto con la causa: no se mira negro porque sea más oscuro; parece más oscuro porque se mira más.
Que la vida pública sea cada vez más pública.
Escribo estas líneas antes de conocer los siete nombres que Morena hará públicos este lunes. Confío en que, por la visibilidad que ha adquirido el proceso, la dirigencia de Morena cuidará in extremis las siete candidaturas. En un procedimiento tan observado, una sola designación cuestionable tendrá el potencial de manchar el resto.
La llamada caja negra está abierta. Habrá que cuidar lo que sucede adentro.