España se encuentra en una encrucijada tan clara como decisiva. Por un lado, somos la zona cero de la crisis climática en Europa. Por otro, el país con mejores condiciones para aprovechar la abundancia que ofrecen las energías renovables. Esta disyuntiva es un doble o nada climático. Por supuesto, su resolución no será dicotómica. Entre el desierto empobrecido y la prosperidad ecológica, capaz de hacer con nuestra riqueza solar lo que Noruega hizo con el petróleo, hay muchas trayectorias intermedias. Pero el contraste es útil porque revela su naturaleza paradójica: España tiene condiciones fuertes para desembocar en lo peor y lo mejor del siglo en curso.
Visualizar el lado negativo de este dilema no exige mucha imaginación. Que España está bajo asedio climático es un hecho científico objetivo, que estamos constatando, año tras año, en una sucesión creciente de catástrofes traumáticas. Pero las danas, los grandes incendios, las sequías y las olas de calor son solo la cara más espectacular de un problema mayor: un nuevo régimen climático, mucho más caótico y extremo, que ha declarado una guerra de desgaste contra las bases de nuestra salud, nuestra prosperidad y nuestro modo de vida mediterráneo. Buena parte de nuestra estructura productiva, desde la agricultura de regadío intensivo al turismo, corren el riesgo de ser inviables a medio plazo. Lo mismo sucede con algunas de nuestras costumbres culturales más arraigadas. ¿Quién concibe la vida en la calle a más de 40 grados? Por ello, en escenarios de altas emisiones globales y adaptación insuficiente, el futuro de España es de pobreza, tensión social y peor calidad de vida.
Proyectar el lado positivo del doble o nada climático es más contraintuitivo, pero ya tenemos algunas pistas que revelan nuestro potencial. España es el país europeo con mayor capacidad para la solar fotovoltaica. Lo que, combinado con nuestro buen recurso eólico, con la ausencia de coste de oportunidad energético (los combustibles fósiles que importamos son un lastre crónico de nuestra balanza de pagos y un factor de vulnerabilidad geopolítica), y con la abundancia de espacio, nos convierte en el mejor candidato a superpotencia energética de una futura Europa descarbonizada. La nueva potencia renovable instalada ya explica nuestra nueva competitividad energética respecto al resto de Europa, y esta es un elemento fundamental de la buena salud de la economía española: por primera vez en su historia, España crece muy por encima de las tendencias del resto del mundo desarrollado.
Esto es posible por una novedad histórica, con la que no contaba el ecologismo del siglo XX, pero que es el mejor legado de sus luchas: una revolución tecnológica imparable y otra incipiente. Por un lado, lo que está sucediendo en el ámbito de la energía renovable, basada en la fotovoltaica, las baterías y la electrificación de procesos, solo puede ser calificado de disruptivo: ninguna transformación energética del pasado había demostrado esta velocidad de implementación y esta reducción de costes. Si en 2004 tardábamos un año en añadir un nuevo gigavatio de fotovoltaica a la matriz energética mundial, en 2025 lo hicimos cada 14 horas. Dicho de otro modo, en los próximos cuatro días el mundo instalará en nueva fotovoltaica más potencia nominal que todo el parque nuclear español. Por otro lado, una promesa esperanzadora: el paradigma regenerativo, basado en las nuevas ciencias de la microecología del suelo, empieza a demostrar que es posible incrementar el rendimiento alimentario restaurando la salud de nuestros ecosistemas. La mejor noticia de nuestro tiempo es la posibilidad de abundancia material dentro de los límites planetarios.
Pero ninguno de estos dos caminos, el del subdesarrollo climático que representa el desierto o la prosperidad ecológica, está asegurado. Todo dependerá de la política. Una estrategia de país ambiciosa nos puede conducir a un futuro mejor si, gracias a nuestra electricidad barata, nos convierte en uno de los corazones de la nueva industria verde europea. Pero la política también puede hacernos perder este tren: España puede entrar en un proceso de decadencia si sigue exportando el agua que no tiene en forma de aceitunas y naranjas, o continúa apostando por un turismo internacional que el nuevo clima del verano español tenderá a espantar.
Y si el futuro climático de España pasa por la política, en el país realmente existente en 2026, la vía más segura y más rápida para la prosperidad ecológica está inclinada hacia la izquierda. No porque la transición ecológica sea una política progresista por defecto, ni porque una derecha climáticamente comprometida sea imposible. Pero las opciones políticas en disputa vienen condicionadas tanto por el pasado reciente como por la coyuntura internacional. Mientras que los gobiernos progresistas han sido los principales impulsores de la transformación de la estructura energética española, los conservadores cargan en su mochila con algunos de sus bloqueos más memorables, desde el impuesto al sol a lucha contra la movilidad urbana sostenible. A su vez, un futuro gobierno de derechas en España es imposible sin sentar en el Consejo de Ministros a un partido explícitamente negacionista, como Vox, que funciona como la sucursal del proyecto energético de Trump: una Europa en la que la descarbonización descarrile para seguir dependiendo del petróleo y el gas que exportan los EE UU.
En estas circunstancias, aunque siempre merezca la pena intentarse, la idea de un consenso climático nacional, que sea al mismo tiempo suficientemente ambicioso para sacar el mejor partido a las posibilidades de la prosperidad ecológica española, es ilusorio. A esta derecha, y en un contexto global marcado por el trumpismo, no la puedes ganar a la causa del clima. Hay que ganarla política y sobre todo culturalmente. Lo que nos conduce a una última reflexión: muchos de los avances más importantes en la historia de los países no se producen por llegar a un punto medio de acuerdo, sino porque una de las opciones en disputa se vuelve tan convincente que termina siendo asumida por el conjunto de la sociedad. Esta es la misión de la política climática en España: una tarea que tendrá en las próximas elecciones generales un exámen decisivo, pero que va más allá de su resultado. Probablemente, un ciclo conservador frenará la trayectoria tan prometedora que ha tomado nuestro país. Pero estamos convencidos de que la dicotomía entre la prosperidad ecológica y el desierto es tan nítida que, incluso en esas circunstancias desfavorables, contaremos con argumentos para disputar el país y enmendar el camino.