Felipe de Brigard, un académico bogotano de 47 años que suma más de dos décadas viviendo en Estados Unidos, ha recibido este año un reconocimiento especial por sus investigaciones sobre la memoria: la beca MacArthur, un premio de 800.000 dólares, conocido como la beca para genios, destinado a profesionales que han hecho descubrimientos o emprendimientos excepcionales. De Brigard creció en un barrio de clase media de Bogotá, estudió filosofía y neurociencia en la Universidad Nacional de Colombia, saltó a Estados Unidos para hacer su maestría y su doctorado, y suma dos décadas haciendo experimentos científicos y entrevistas a profundidad para entender cómo funciona la memoria en el cerebro del ser humano. La Fundación MacArthur reconoció sus descubrimientos sobre cómo la imaginación y la memoria trabajan muy de cerca, y también sus esfuerzos por entender cómo el perdón, en un contexto de guerra como el colombiano, puede ayudar a reevaluar las emociones asociadas a recuerdos muy dolorosos. “Muchas víctimas claman que un recuerdo no vuelva a doler con la misma intensidad”, dice De Brigard en entrevista desde la Universidad de Duke, donde enseña y desde donde dirige el laboratorio Memoria y Perdón.
Pregunta. ¿Qué se propuso entender sobre el estudio de la memoria humana?
Respuesta. Uno de los temas que más me apasionó, cuando empecé a intentar entender la memoria, eran los errores, la gente se equivoca al recordar. Todos tenemos experiencias de eso, de lo que se llaman recuerdos falsos o recuerdos distorsionados. Lo que más me llamaba la atención es que uno no recuerda falsamente cosas que son terriblemente absurdas: yo no digo, por ejemplo, “ah, recuerdo que estaba saliendo con Angelina Jolie”. No, lo que uno recuerda falsamente son cosas que son posibles. ¿Y por qué? Para responder eso, volvamos a 2007, cuando salieron tres artículos muy importantes que demuestran que las personas que tienen amnesia por daño en el hipocampo ―una parte fundamental del cerebro para la memoria―, no solamente tienen dificultad para recordar su pasado personal, sino también en imaginarse en el futuro. Ahí nos quedó más claro que hay un mismo sistema que nos permite transportarnos tanto al futuro como al pasado.
P. ¿Un mismo lugar donde viven la memoria y la imaginación?
R. Me pareció interesante porque era meter a la memoria en un sistema más grande. Pero, al tiempo, ese modo de pensar en la memoria y en el futuro lo sentía muy asimétrico: cuando uno se imagina el futuro, ve posibilidades; mientras, cuando recuerda el pasado, siente que rememora lo que sí pasó. Entonces empecé a pensar: ¿qué tal si memoria es más bien una posibilidad desactualizada? Eso es lo que hizo mi investigación: demostrar que la actividad cerebral al pensar en un evento que ha podido ocurrir en el pasado, se parece a la actividad al pensar en el evento que puede pasar en el futuro. El recuerdo y la imaginación, o la simulación hipotética, están profundamente vinculados.
P. ¿De qué parte del cerebro hablamos? ¿Dónde viven la memoria o los recuerdos?
R. Algo que hay que entender es que la imagen de la memoria como un archivo donde uno guarda experiencias, una a una, está profundamente equivocada. No somos un computador que guarda archivos independientes. El cerebro, en particular el hipocampo, no guarda todo el contenido, más bien dice: “mire, esta parte del cerebro, y esta otra parte, y esta otra parte estaban activas cuando se estaba teniendo esa experiencia”. Lo que el cerebro intenta hacer cuando se está recordando es hacer lo posible por reactivar el estado en el que uno estaba cuando ocurrió la codificación. Dicho eso, entre el día en que ocurre esa experiencia y el momento de recordar pasa tiempo, en algunos casos mucho tiempo. El cerebro ha cambiado y uno aprende cosas nuevas. Por ejemplo, cuando recuerdas la casa donde creciste cuando niña, y vuelves a visitarla, las cosas se sienten más pequeñas o más grandes a lo que recordaste. Ese tipo de distorsiones tienen que ver con el hecho de que, entre la codificación y el recobro cerebral, pasa tiempo, aprende uno cosas.
P. Según esto, entre más tiempo pasa, menos podemos confiar en nuestros recuerdos
R. El tiempo es un elemento que influye en la confiabilidad, cierto. Pero el sistema está optimizado para asegurar que la representación que uno tiene sea lo más fidedigna posible. Si alguien te pregunta si recuerdas tu primer beso, ese mensaje inmediatamente dice al cerebro ”Póngase en la condición de reactivar la situación a la que estaba cuando se dio el beso, lo mejor que pueda”. Básicamente, el cerebro intenta hacer una computación similar a la de la experiencia pasada. Algo como el 95% de las veces reconstruye la que probablemente haya sido su causa, pero hay como 5%, no sabemos muy bien, en las que reconstruye algo que no pasó.
P. ¿Cuál es el segundo componente que relaciona la memoria y la imaginación?
R. . Recordar exactamente lo que pasa es importante, pero también imaginar posibilidades cercanas a lo que ocurrió, pues permite generar hipótesis sobre lo que puede ocurrir. Por ejemplo, cuando un carro a uno casi lo atropella, es muy difícil no imaginar que lo hubiera golpeado. Uno se imagina el what if, el “qué hubiera pasado si”, que son superimportantes para anticiparse a la incertidumbre futura. Que el cerebro tenga ese tipo de imaginación, tan cercana al recuerdo, permite recordar simulaciones para utilizarlas en el futuro.

P. ¿Cómo se mezclan acá las emociones? Uno pensaría que si uno está triste por una experiencia, la recuerda muy distinto a si uno estaba feliz
R. Claro, nuestros recuerdos también tienen un componente afectivo, de intensidad emocional. Pero una cosa es la experiencia y la emoción que uno tiene durante ella, y otra es la emoción con la que uno recuerda el evento después. Por fortuna, con el tiempo la intensidad de la emoción disminuye, sobre todo cuando se trata de experiencias negativas. Menos mal, eso ayuda a cargar el pasado. Pero a veces no pasa eso. Una de las peores cosas que uno puede hacer para magnificar una emoción negativa de un recuerdo, es imaginarse cómo ese evento podría haber sido mejor, imaginar el mejor escenario.
P. ¿Imaginar el mejor escenario lo hace sentir a uno peor sobre un recuerdo?
R. Claro. Imagina que estás manejando un carro y no estás prestando atención, y hay un accidente. Inmediatamente piensas el mejor escenario: “Si hubiera puesto atención, no habría pasado”. Así, la emoción que se genera es arrepentimiento, y hace más difícil olvidar ese recuerdo. Es más, también hace más difícil la reevaluación emocional del recuerdo.
P. ¿Cómo puedo reevaluar emocionalmente una experiencia traumática?
R. Una de las cosas que hemos hecho en nuestro laboratorio los últimos 15 años es invitar a las personas con recuerdos negativos a no pensar en posibilidades mejores, sino en cómo todo podría haber sido peor. Sobre el mismo accidente de tránsito, en lugar de pensar “si solamente hubiera visto esto, no me habría estrellado”, más bien “menos mal no quedé parapléjico ni maté a nadie”. La imaginación genera una emoción positiva, de alivio, sobre un evento del pasado, porque lo recuerda en un contexto imaginativo con una valencia positiva. Esa emoción puede “contaminar”, por decirlo de algún modo, el recuerdo original, ayudar a guardarlo sin tanta negatividad.
P. Usted trabaja con víctimas del conflicto a quienes les ocurrió el peor escenario, como tener un hijo desaparecido. ¿Qué pueden hacer para reevaluar, si ya no les vale imaginar un escenario peor?
R. Es muy difícil, porque lo que les ocurrió fue terrible. En el contexto de Colombia, se me ocurrió hace unos años mirar qué pasa con la capacidad de perdonar. He trabajado sobre todo en los Montes de María, un contexto muy complicado, donde el perdón es muy difícil. Quería ver si quienes han podido perdonar lo han hecho porque han reevaluado su emoción o porque han olvidado lo ocurrido. El resultado es que no han olvidado, sino que han reevaluado emocionalmente su relación con el evento a recordar. El perdón es un mecanismo para esa reapreciación emocional de recuerdo negativo.
P. Pero no todas las personas pueden perdonar a quien les hizo daño…
R. Sí, y hay otras estrategias de reevaluación emocional que no involucran perdonar. No creo que perdonar deba ser obligatorio ni conveniente siempre, y además no se puede obligar a perdonar. Sin embargo, la gente desea mucho que no le duela cada vez que el recuerdo viene a la cabeza, que no se sienta otra vez esa punzada en el corazón o en el estómago. Muchas víctimas claman a gritos un cambio emocional. Perdonar es un camino para eso, pero no el único camino.
P. ¿Qué otros caminos tienen las víctimas para recordar una experiencia traumática con menos dolor?
R. De eso va la segunda fase del proyecto, en esa búsqueda voy a utilizar parte de la plata de la beca. Para mí, las víctimas son muy importantes, veo una necesidad impresionante de salud mental en Colombia. El proceso de paz, importante como fue, no tiene la posibilidad de ayudarle a cada víctima individual. Cuando el 18% de la población colombiana es víctima directa de la violencia de los últimos 60 años, es imposible tener los recursos humanos para tener un terapeuta semanal para cada víctima. Las estrategias grupales, que son muy buenas, no son tan efectivas para lograr cambios individuales. Parte de lo que quiero hacer es maximizar las posibilidades de que haya un cambio positivo de salud mental en víctimas que tienen que vivir con un pasado profundamente doloroso. Será el último proyecto que realice en mi vida, pero es al que voy a gastarle más energía.
P. Se dice mucho que la memoria está en disputa y hay quienes disputan a las víctimas sus recuerdos. ¿Le preocupa?
R. Absolutamente. La memoria es falible, pero yo no sufro por saber que mi memoria es falible, al igual que no lo hago por pensar que me pudo confundir al percibir algo con mis sentidos. El 99% de las veces me funcionan. Hay ciertas falibilidades sobre las que uno no tiene control, pero sobre otras uno sí tiene control, porque son voluntarias y muchas porque están sesgadas por intereses personales. En Colombia hay mucha gente a la que no le interesa que la reconstrucción se haga desde el punto de vista de las víctimas, y eso me parece peligroso. Es difícil porque muchas de las personas que niegan totalmente la perspectiva de las víctimas, en cierta medida, se sienten víctimas ellas mismas. Hay que entrar a esa discusión con mucha más humildad epistémica sobre la memoria: reconocer que hay distorsiones involuntarias y también voluntarias. Eso es esencial para una reconstrucción lo más objetiva posible.