Hay gritos lacerantes cuyo eco puede sacudir la conciencia de un país. El de Francesco Isceri atravesó Italia el pasado 5 de septiembre. Lloraba cuando pidió a la política que dejara a un lado sus trincheras. “Uníos. Tomad medidas, sin izquierdas ni derechas. Trabajad en las escuelas, reforzad los centros contra la violencia y los instrumentos legales que impidan que vuelva a suceder. Os lo pido con el corazón”. Dos días antes habían asesinado a su hija, Lorena Isceri. Su exnovio, Federico Vella, la esperó escondido en el garaje de su casa, en Florencia. La encerró en el maletero de su coche, condujo durante una hora mientras Lorena llamaba sigilosamente a la policía desde la oscuridad, paró en un viaducto y la lanzó al vacío. Viva. Después él se suicidó.
Isceri no era el primer padre que se rompía en público tras un feminicidio en Italia. En 2023, Gino Cecchettin, pese al dolor, fue más osado y culpabilizó de la muerte de su hija Giulia a la cultura patriarcal, al machismo, a los estereotipos de género, palabras hasta entonces tabú en Italia.
Su denuncia provocó una movilización social similar a la que sacó a España a la calle por el caso de La Manada. El llamado efecto Cecchettin puso por fin en el centro del debate sobre la violencia machista la necesidad de utilizar la educación afectivo-sexual para transformar la cultura patriarcal, que en su versión más extrema conduce a los feminicidios y agresiones sexuales, pero que se deja sentir en muchos otros ámbitos.
Por ejemplo, en los estereotipos que encorsetan a las mujeres en papeles del pasado. Este mes, el ministro de Asuntos Exteriores y vicepresidente, Antonio Tajani, levantó una polvareda al decir que frente a una mujer “fascinante” pero potencialmente infiel, recomendaría casarse con otra “menos vistosa” y con “la falda más larga”, porque sería “una mejor madre de familia” y garantizaría “la estabilidad del hogar”.
Es probable que ni Tajani, de 73 años, ni Lorena Isceri, de 45 años, ni Federico Vella, de 36, hubieran recibido nunca educación emocional y sexual en el colegio. Aunque ha habido múltiples propuestas de ley desde la izquierda, Italia nunca la ha convertido en asignatura obligatoria. No obstante, hasta el curso pasado, muchos colegios la impartían (no existen cifras oficiales), pero solo el 47% de los alumnos declaraban haberla recibido, según un informe de Save the Children.

“Dependía del interés que pusiera tu colegio en promoverlo, de que hubiera fondos y especialistas. Pero en la última década las escuelas han hecho un esfuerzo porque el tema de los feminicidios ha entrado en el debate público y preocupa también a los estudiantes”, explica a EL PAÍS la psicoterapeuta Marta Giuliani, experta en educación afectivo-sexual y secretaria nacional de la Asociación Altra Psicología.
“Hoy niños y jóvenes están expuestos a un bombardeo de información continua y son frágiles, necesitan instrumentos para procesarla, ya sea pornografía, acoso o gestión de la propia imagen en las redes. Sin este tipo de educación, les abandonamos a su suerte. Y también a familias y profesores, que se encuentran desarmados frente a lo que los chavales ven en su día a día”, añade Giuliani.
Ella es una de las más de 576.000 firmantes de la petición popular para organizar un referéndum con el que anular la conocida como ley Valditara. La norma prohíbe la educación afectivo-sexual en los colegios para los menores de diez años y ha entrado por primera vez en las aulas con el nuevo curso escolar.
Además, pone tantas trabas en escuelas secundarias que, de facto, será muy difícil que pueda continuar impartiéndose, ya que muchos centros no podrán hacer frente a sus costes económicos y burocráticos, entre ellos la aceptación escrita de cada familia, la revisión previa de cada material y la obligatoriedad de crear cursos alternativos.
“La ley está muy bien así porque defiende la libertad educativa de los padres”, afirmaba este mes el ministro de Educación, Giuseppe Valditara, quien al proponerla subrayó que hay que evitar que los niños sean “víctimas de la propaganda sobre la identidad de género”, transformando así la educación afectivo-sexual en una cuestión de ideología.
La iniciativa del referéndum partió de un grupo de profesores, estudiantes, psicólogos y activistas como Fabrizio Marrazzo, portavoz del partido Gay LGTB+ y asesor para la elaboración de contenidos didácticos sobre la inclusión y la diferencia. “La velocidad con la que hemos conseguido las firmas nos dice que este tema preocupa a los italianos. Pedir un referéndum es un paso simbólico porque los tiempos para votarlo son largos, pero lo importante es situar en el debate electoral la necesidad de la obligatoriedad de la educación afectivo-sexual”, explica Marrazzo en conversación telefónica.
No es una idea peregrina: desde la ONU a la Unión Europea recomiendan la educación sexual obligatoria para combatir la violencia machista. En 2025, el Consejo de Europa le daba un tirón de orejas a Italia por ser uno de los siete países europeos que aún no la habían implementado.
El año próximo está previsto que el Gobierno de la ultraderechista Giorgia Meloni convoque elecciones generales en un país donde en 2025 hubo 97 feminicidios y en lo que va de 2026 ya ha habido 56. El país aparece rezagado en todos los índices internacionales sobre paridad: ocupa el puesto 83 de 146 del Global Gender Gap Report 2026, frente al 12 de España, y los datos son similares a escala europea. Además, en Italia la misoginia aparece en la cúspide del Mapa de la Intolerancia online 2025.
¿Por qué un país que fue de los pioneros en aprobar la ley del divorcio y el aborto en los setenta hoy se encuentra a la cola de Europa en igualdad? Contesta Stefania Ascari, diputada del M5S e impulsora de una propuesta de ley de 2021 que, como muchas otras, nunca vio la luz y que ponía el acento en la enseñanza temprana de la afectividad. “Porque el patriarcado no vive solo en las leyes. Vive en la cotidianeidad, en los cuidados a niños y ancianos, que recaen principalmente en las mujeres. Vive en los estereotipos, en las diferencias económicas, en la dificultad de conciliar maternidad y trabajo. Y vive en el lenguaje que se utiliza para definir el amor. Los celos no son amor. El control no es protección. La posesión no es cariño”, asegura a EL PAÍS.
Y añade: “Es fundamental enseñarles a los niños y niñas un alfabeto amable de las emociones desde pequeños. Aprender a ponerle nombre a la rabia, al miedo, a los celos, a la frustración y aprender que un no es un no”. Un dato publicado este mes confirma esa necesidad: según el Instituto Nacional de Estadística ISTAT, el 15% de las mujeres italianas (tres millones) ha sufrido agresiones sexuales antes de los 16 años, a menudo dentro de la familia.
Los estudiantes también están en contra de la ley Valditara. “La educación que pedimos no sirve sólo para cambiar dinámicas patriarcales en las relaciones sexuales hombre-mujer sino en la vida”, explica Sophia Volpato, de 20 años, del Sindicato Rete Degli Studenti Medi. “Entre nosotros las diferencias siguen siendo un problema y eso no se arregla con prohibiciones”.
Sara Ferrari, profesora, es la actual responsable de la Comisión Bicameral de Investigación sobre el Feminicidio y miembro del Partido Democrático, que llevará la educación afectivo-sexual obligatoria en su programa electoral. Ella lamenta la oportunidad perdida que representa el haber tenido por primera vez en la historia de Italia una mujer presidenta y no avanzar en la lucha contra la violencia machista. Pero Meloni incluso se ha negado a ser definida en femenino, obligando al país a dirigirse a ella como presidente, en lugar de presidenta.
“No ha introducido instrumentos para superar las desigualdades salariales, se ha negado a aprobar el salario mínimo y a intervenir sobre la pobreza de las clases más bajas, entre las que hay fundamentalmente mujeres. Y ahora estamos discutiendo en el Parlamento una nueva ley electoral que elimina las cuotas de género de las listas”, explica Ferrari a EL PAÍS.
En sus cuatro años al frente del Gobierno, Meloni, forzada por el efecto Cecchettin, sí aprobó una ley que introduce el feminicidio en el código penal. Pero para la senadora Valeria Valente, compañera de partido de Ferrari, “lo importante no es la represión, sino la prevención, y el éxito de esta petición de referéndum demuestra precisamente que los ciudadanos lo entienden y van por delante de la política”.
El asesino de Giulia Cecchettin, Filippo Turetta, fue condenado a cadena perpetua en 2025. Pero la familia de la víctima no cerró el capítulo, abrió otro: la Fundación Giulia Cecchettin, nacida para impulsar el cambio desde las escuelas. Hoy Gino Cecchettin es una de las voces más respetadas sobre el tema. También es autor del libro Cara Giulia, una larga carta a su hija en la que se ha inspirado la cineasta Paola Randi para dirigir Si mañana no vuelvo, título tomado del célebre poema feminista de Cristina Torres-Cáceres.
“La cultura debe tomar partido porque somos parte de la sociedad civil y en nuestro pequeño universo debemos contribuir al cambio. Todos podemos identificarnos con la historia de la familia Cecchettin. Por eso es importante el papel de las cineastas como narradoras, porque presentamos otras realidades posibles”, explica Randi. Su película se estrenará en noviembre y también se proyectará en escuelas, como ya ocurrió con la taquillera Siempre nos quedará mañana, de Paola Cortellesi, otra directora que ofreció una mirada sobre la violencia machista que durante décadas estuvo ausente de las pantallas y contribuyó al debate que hoy sigue agitando Italia.