“Quiero algo andaluz, rural, con alegría y que gire en torno a Lolita Sevilla”, les pidió a Bardem y a Berlanga en 1953 el productor Vicente Sempere, para lanzar a su tonadillera. Con mano izquierda, la extraña pareja de directores le dio la vuelta a la españolada que se les encargaba, convirtiéndola en Bienvenido, Mister Marshall, fábula de un pueblo que “halaga y celebra a sus invasores”. Así lo cuenta Jorge García-Berlanga en Crónica de un mal español, comedia didáctica donde traza la biografía de su abuelo. Esta obra, programada en la sala D’Odorico del Teatro Español, sirve de estimulante complemento a la ambiciosa versión escénica de La escopeta nacional, dirigida por Juan Echanove, que se representa en la sala principal.
Hay dos berlangas. El de sus obras maestras en blanco y negro, y el de las producciones en color. También están el Berlanga primero y el que, de 1961 en adelante, elabora sus guiones con Rafael Azcona. O el cineasta que toreó a la censura y el que escribió libre de ella. La escopeta…, su primera película sin restricciones gubernamentales, ideada junto a Azcona, es una sátira del capitalismo de amiguetes de los años setenta, predecesor de la cultura del pelotazo ochentera.
En La escopeta nacional, Jaume Canivell, fabricante de porteros automáticos en la España de 1972, invita a una cacería a ministros, opositores, banqueros y promotores inmobiliarios, para conseguir que su invento se incorpore a las viviendas de protección oficial. En su proceder, se reconocen los delitos de cohecho, tráfico de influencias, prevaricación, fraude, estafa y maquinación para alterar el precio de las cosas. Aunque la acción de la obra suceda en el tardofranquismo, tiene valor universal: podría acontecer de manera análoga en un antepalco de la Ópera de Viena, durante el corrupto Imperio Austrohúngaro. Y si tuviéramos hoy un Azcona y un Berlanga redivivos, les sería fácil ambientar una fábula equivalente en los palcos de un gran club de fútbol o en los pasillos de alguno de los cuatro grandes foros económicos internacionales en los que el poder político confluye con las élites empresariales anualmente.
La atinada versión teatral de Bernardo Sánchez Salas no es un calco de la película: sus diálogos sufren alteraciones derivadas de cambios en la acción, dividida en siete escenas, seis de las cuales transcurren en interiores. El eje de la comedia es la única escena al aire libre, en la que Canivell, pájaro chorlito, va de un puesto de caza a otro (hay siete), buscando quien le de el alpiste. Durante unos veinte minutos, sus siete escopeteros le dan la espalda al público, que no ve más rostro que el del malhadado industrial. Echanove arriesga y gana con esta decisión suya, antiteatral a priori, pero agilísima, eficaz, dura y contemporánea. Es el principal trofeo de la función, junto con la desoladora escena última, que tiene más fuerza que la de la película.
En el papel protagonista, Pere Ponce se distancia de Saza: vuela alto y por cuenta propia. Marta Ribera le da a Mercè, su amante, un protagonismo que en el filme no llega a alcanzar. El dúo final de ambos, hablando él, cantando ella, es memorable: Ribera es tan excelente actriz de texto como cancionista. Durante el himno de caza inicial, la voz del tenor Enrique Viana (el Marqués de Leguineche) apunta el potencial que La escopeta nacional tendría como ópera bufa. La función va lanzada y por arriba casi todo el tiempo, como la película: me parece inconcebible templarla. El reparto de 19 intérpretes responde al tamaño que deberían tener inexcusablemente las producciones que los teatros públicos hacen en sus salas mayores.
Texto: Luis García-Berlanga y Rafael Azcona. Dirección: Juan Echanove
Adaptación: Bernardo Sánchez Salas.
Reparto: José Ramón Arredondo, Chusa Barbero, Ángel Burgos, Javi Coll, Salva Duyat, Patxi Freytez, Ángel Galán, Elisa Matilla, Luisa Martín, Javier Mora, Verónica Morejón, Manuel Pico, David Pinilla, Pere Ponce, Marta Ribera, Chema Ruiz, Pedro Mari Sánchez, Enrique Viana y Eugenio Villota.
Teatro Español. Madrid.
Hasta el 26 de julio