De qué árboles sería, dónde las colgaban y amarraban, desnudas… A los esbirros de Arturo Durazo les gustaban los cerros del Ajusco, territorio despoblado hace medio siglo en Ciudad de México, bosques y pueblos pequeños, milpas, manzanos, flores de muertos. Subían allí con sus víctimas y las colgaban de los árboles. “Yo le llamo la policía de Hitler, nos trataban muy mal, nos amarraban, nos colgaban en los árboles”, constata una. “Íbamos a los parajes del Ajusco, y allí era donde nos amarraban, y nos colgaban y nos dejaban […] desnudas o semidesnudas, ya quedábamos allí… Si corríamos con suerte y pasaba equis gente, nos descolgaban”, evoca otra. A veces no corrían suerte. Las mataban o las dejaban medio muertas. Porque sí, porque no eran como ellos, porque podían y nadie les decía nada.
Pero de qué parajes, de qué árboles hablan: ¿quedará alguno en pie? El estudiante Ángel Benítez, parte del Concejo de Gobierno de San Andrés Totoltepec, en las faldas de la gran cadena montañosa, dice: “Hay una zona, se llama La Monera, donde de hecho se han puesto capillitas”. El joven cuenta que colgaban a la gente en esa curva de la carretera México-Ajusco, y que los conductores, sorprendidos, se estrellaban de la impresión. Alguno se moría, por eso las capillitas, la cruces. La Monera no es lejos de aquí, de San Andrés; nada lejos de la ostentosa mansión que se mandó a hacer Durazo hace 50 años. A sus esbirros les gustaba torturar en estas laderas húmedas. A él, en cambio, le gustaba la vista de la ciudad. En días claros, como este jueves, se ve el valle entero, el Estadio Azteca, Reforma, Chapultepec.
Casa Durazo ocupa seis de las 23 hectáreas que llegó a acumular en el Ajusco, el corruptísimo jefe de la policía de la Ciudad de México, según explica Fernando Pérez, del mismo Concejo de Gobierno. Parece una historia vieja, pero en San Andrés Totoltepec, pueblo del despojo de Durazo, el asunto forma parte del presente. La semana pasada, la presidenta, Claudia Sheinbaum, anunció que la nueva sede de la Universidad Rosario Castellanos en la capital se instalará en el predio principal, Casa Durazo, que se esconde al final de una calle sin salida, a un costado de la carretera vieja a Cuernavaca, la única con camellón por estos lares. La verja de entrada recuerda a la del Bosque de Chapultepec, en el Paseo de la Reforma. Si ahora resulta extraña, en 1975, cuando todo aquí era campo, la verja y los guardas de Durazo componían seguramente una escena marciana.

Entre las décadas de 1960 y 1980, Durazo, ideólogo de la mordida cuando fue jefe de policía de la capital, apóstol del robo en sus años al frente de la seguridad del aeropuerto, acusado de narcotráfico en Estados Unidos, amigo íntimo del presidente José López Portillo (1976-1982), general de la represión en la Guerra Sucia, engañó a campesinos aquí y allá. A algunos les compró su terreno y luego les pagó solo una parte; a otros les dijo que les rentaba y luego les hizo firmar contratos de venta. “Es que muchos no sabían leer”, dice Benítez. “A mi tatarabuelo le quiso comprar un terreno, a 100 metros de Casa Durazo, pero no se dio. Parece que no era tanto de ‘vengo a amenazarte’, como de, ‘vengo a engañarte’, pero es que si no, ¿dónde plantaban el maíz y las calabazas?”, añade.
Pese a las triquiñuelas de Durazo, parece que el odio al policía no se extendió. O no del todo. “Aquí hay una percepción de que era buena persona”, explica la antropóloga Claudia Álvarez, parte también del concejo. Porque metía a los hijos de los comuneros en la policía, donde aprendían a ordeñar la economía barrial; porque repartía permisos y placas de taxis, seguros familiares a largo plazo; porque incluso participó en reuniones y asambleas por problemas con el agua y otro asuntos del pueblo (problemas que, en el fondo, había causado él). “Al subdelegado que lo trajo, la gente le recordó a su mamá, por vendido”, dice Claudia Álvarez, “pero al señor la gente lo escuchó, él prometió que ayudaría y al final lo vieron como benefactor”, añade.
Casa Durazo es una Hacienda Nápoles chilanga, aunque no parece que Durazo compartiera el gusto por los animales de Pablo Escobar: no se ha escuchado problema alguno con los hipopótamos en el Ajusco. Sí le gustaban los galgos, y por eso construyó una pista de carreras para ellos. También los carros, y por eso levantó un garaje con cristaleras donde cabían varias decenas. Hoy, de aquel esplendor pagano solo quedan los restos. El garaje guarda trozos de estatuas y columnas romanas. En el jardín, en el atrio de la parte alta de la propiedad, quedan algunas de pie. La Academia Mexicana de Ciencias ocupa el edificio principal de momento y no deja entrar a nadie, pero el trasiego de jardineros de este jueves disfrazaba fugaces internadas por la propiedad.
Cuando Durazo salió de la policía y fue a prisión, mediada la década de 1980, él y su familia inventaron un laberinto legal para que los comuneros de San Andrés no recuperaran sus tierras. “Crearon cinco inmobiliarias y repartieron los terrenos y luego los vendieron”, cuentan Claudia Álvarez y Fernando Pérez. La pelea de los comuneros dura hasta hoy. Casa Durazo es una cosa, pero los predios arrebatados suponen mucho más. El anuncio de la universidad ha sentado bien, aunque también mal. A Pérez no le gusta, por la falta de consulta y por la sugerencia de Sheinbaum de que era la Academia de Ciencias y no la comunidad la que cede el predio. A Álvarez no le parece mal, aunque señala que han pedido que se les consulte qué carreras se cursarán allí. A Ángel Benítez le interesa seguir en la lucha. “Es mejor que conseguir lo que se persigue, así seguimos unidos”, zanja.