Vamos deprisa. Corremos para llegar al colegio a tiempo, para ir al trabajo, para hacer la compra, para llegar a las actividades extraescolares e incluso para acostar a nuestros hijos. Existe una sensación cada vez más generalizada de que siempre hay algo más que hacer y que el tiempo nunca es suficiente. Nos faltan horas del día para hacerlo todo. Sin embargo, hay algo que a menudo olvidamos: nuestros hijos no están diseñados para vivir a este ritmo.
Vamos todo el día corriendo. El modelo de sociedad en el que vivimos parece empujarnos constantemente a acelerar, como si ir más deprisa fuera la única forma de llegar a todo. Pero la realidad es que la infancia tiene necesidades muy diferentes a las de nuestro estilo de vida actual. La prisa es enemiga de la crianza.
Los niños necesitan tiempo. Tiempo para jugar, para aburrirse, para hacer preguntas, para equivocarse, para volver a intentarlo y para aprender. Necesitan espacios de calma y de conexión que permitan a su cerebro explorar, integrar experiencias y desarrollarse de una manera saludable.
El desarrollo infantil no entiende de prisas. Aprender a atarse los cordones, preparar una mochila, vestirse solos o resolver un conflicto con un amigo requiere tiempo, ensayo y error. Sin embargo, cuando vivimos acelerados, con frecuencia terminamos haciendo las cosas por ellos porque resulta más rápido. Sin darnos cuenta, la prisa no solo roba tiempo a la infancia; también les resta oportunidades para desarrollar autonomía, confianza y la satisfacción de descubrir que son capaces.
Gracias a la neurociencia, sabemos que el cerebro infantil se encuentra en pleno proceso de construcción. Durante los primeros años de vida se crean millones de conexiones neuronales que se fortalecen en función de las experiencias que viven los menores y del entorno en el que crecen. Por eso, el estrés sostenido en el tiempo puede tener un impacto en su desarrollo.

Cuando vivimos permanentemente con prisas, nuestro sistema nervioso permanece en un estado de aceleración constante. El organismo libera hormonas relacionadas con el estrés, como el cortisol, preparándonos para responder a las demandas del entorno. Este mismo proceso también ocurre en los niños. Cada vez vemos niños más irritables, con dificultades para gestionar la frustración, más impulsivos o con una mayor demanda emocional. Con frecuencia se puede pensar que el problema está únicamente en ellos, cuando en realidad muchas de estas conductas pueden ser una respuesta adaptativa a un entorno que también vive acelerado.
Este estado de alerta también puede afectar a la relación con los hijos. Vivimos tan pendientes de la siguiente tarea que dejamos de estar plenamente presentes en la que tenemos delante. Escuchamos menos, miramos menos y estamos menos. Podemos estar físicamente junto a ellos, pero mentalmente seguimos pensando en lo siguiente o en todo lo que tenemos por hacer. Y no todo lo que ocurre durante la infancia tiene que estar planificado. Una agenda repleta de actividades y estímulos deja poco margen para el juego espontáneo, el aburrimiento o simplemente para no hacer nada. Son experiencias que también forman parte del desarrollo y permiten a los niños explorar sus intereses, relacionarse y descubrir qué hacer con su propio tiempo.
Quizá no sea posible eliminar las prisas por completo. La conciliación sigue siendo uno de los grandes desafíos de las familias y, en muchas ocasiones, las circunstancias obligan a sostener ritmos difíciles. Pero sí merece la pena detenernos y preguntarnos si estamos llevando la vida que realmente queremos. Si estamos llenando las horas de nuestros hijos con aquello que verdaderamente necesitan o con aquello que sentimos que deberíamos hacer. Y, sobre todo, si existe algún margen para reorganizar determinadas rutinas.

No se trata de culpabilizar a las familias. La mayoría de madres y padres no viven así porque quieran, sino porque intentan encajar sus responsabilidades en un modelo de conciliación que, con demasiada frecuencia, resulta insuficiente. Precisamente por eso, además de revisar nuestros hábitos, también necesitamos seguir reclamando una sociedad que permita cuidar de los hijos sin tener que hacerlo siempre corriendo.
La infancia no es una carrera ni una lista de tareas pendientes. Es una etapa en la que los niños necesitan desarrollar su autonomía, aprender a relacionarse y construir vínculos con sus adultos de referencia. Para todo ello necesitan oportunidades que no siempre caben en una agenda apretada.
Quizá uno de los mejores regalos que podamos hacerles no sea un viaje a Disney ni las últimas zapatillas de moda, sino algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil en los tiempos que vivimos: dejar espacio para que sean niños, permitirles hacer las cosas a su ritmo y compartir con ellos momentos en los que no haya nada más que hacer.