Estuvo en Barcelona el presidente colombiano Gustavo Petro, y en la entrevista que le dio a este periódico nos recordó a muchos por qué nos parece afortunado que su presidencia se esté acabando por fin. En esa breve conversación estaba todo: su incapacidad congénita para cualquier atisbo de autocrítica, que lo obliga a culpar de sus fracasos grotescos a todo el mundo menos a su propio gobierno; su irresponsabilidad rampante, que lo lleva a cuestionar la transparencia de las próximas elecciones y a sugerir insidiosamente la posibilidad de fraude, a pesar de que el sistema electoral colombiano es el mismo que lo eligió a él hace cuatro años; su megalomanía risible, que lo lleva a aclarar, para tranquilidad de todos, que no tiene intenciones de atacar a Estados Unidos. En la entrevista, llevada con buena mano por dos periodistas que conocen bien a Colombia y a América Latina, se habla de muchas cosas, pero me interesaron especialmente dos: la corrupción de este gobierno y la paz –o el fracaso de la paz– colombiana. Leyendo la entrevista, no pude no sacar a cada paso la misma conclusión: en estos temas –y en otros, aunque no en todos– los años de Petro han sido años perdidos.