Mailyn González (Barranquilla, 44 años) es quizás una de las pioneras y mayores expertas de Colombia en barcoding, o código de barras de ADN, una técnica que identifica especies mediante una secuencia corta y estandarizada de su material genético. Como ocurre con el código de un producto de supermercado, una combinación permite distinguir una especie entre miles.
González ha llevado el método más allá de los círculos científicos. Su trabajo busca convertir la información genética en una herramienta para proteger especies y ecosistemas, formular políticas públicas y establecer protocolos de conservación. “A partir de algo que parece tan minúsculo y abstracto se pueden tomar mejores decisiones. Ese ha sido el recorrido”, afirma. Desde su llegada al Instituto Humboldt en 2013, como investigadora titular y coordinadora del Laboratorio de Biología Molecular y Genética de la Conservación, calcula que este ha generado entre 90.000 y 100.000 códigos de barras de ADN.
Estudió Biología e hizo una maestría en Biología de Poblaciones en la Universidad de Lausana, Suiza. “Investigar la biodiversidad te va abriendo el universo”, dice. Entre 2005 y 2009 cursó en la Universidad de Toulouse III, Francia, un doctorado en el que utilizó ADN para identificar árboles amazónicos en la Guayana Francesa. Regresó a Colombia en 2010 y trabajó tres años en la Universidad de los Andes, antes de vincularse al Humboldt.
El regreso de González al país coincidió con los primeros esfuerzos por organizar una red nacional de códigos de barras de ADN. Su experiencia en la identificación genética de plantas, menos común entonces que el trabajo con animales, la llevó a asumir la organización técnica. “No quiero decir que gracias a mí se creó, pero sí creo que he sido un motor importante para impulsarla”, afirma. Con financiación canadiense, el primer proyecto reunió a investigadores de distintas especialidades y produjo 1.000 códigos.
Dentro de ese primer proyecto, las instituciones participantes escogieron los grupos biológicos en los que tenían mayor experiencia. El Humboldt se concentró en aves sometidas a controles sobre su comercio internacional, por lo que sus primeros códigos adquirieron una aplicación directa contra el tráfico de fauna. Al comparar el ADN, las autoridades pueden comprobar si un animal o un producto derivado pertenece a la especie declarada y detectar cuando un ejemplar protegido intenta hacerse pasar por otro cuya venta está permitida, incluso si solo se conserva una parte del organismo.
Entre 2016 y 2021, la experiencia adquirida llevó a González a dirigir cuatro de las cinco expediciones Colombia BIO, una iniciativa de Colciencias (ahora Ministerio de Ciencia y Tecnología) en la que participaron varias organizaciones para recorrer el país e identificar plantas y animales en territorios poco explorados. En Antioquia, Chingaza, Sumapaz y Vichada, recogieron material que logró ampliar la generación de códigos al incorporar la toma de tejidos al trabajo de los taxónomos. Según recuerda, fue la primera vez que la información entregada sobre nuevas especies reunía la descripción taxonómica y su código de barras de ADN de manera sistemática en el Instituto. Cada hallazgo quedaba así respaldado por un registro morfológico y otro genético.
González recuerda estas expediciones con emoción porque, gracias al Acuerdo de Paz, los equipos científicos pudieron recorrer territorios que el conflicto había mantenido cerrados durante años. Fue, en sus palabras, “una coyuntura de esperanza”, en la que las comunidades recibían a los investigadores y se acercaban a conocer las especies encontradas. Para ella, Colombia BIO permitía “crear una identidad a partir de la biodiversidad que lograra borrar el estigma de la guerra”.
González también se propuso que el barcoding dejara de ser una actividad exclusiva de los grupos de investigación y abrió espacios para que habitantes de las zonas rurales participaran en la producción de conocimiento científico. Con ese propósito ideó Biomonitores, un piloto desarrollado en la Ecoreserva Asa la Guarupaya, en el departamento de Meta. Campesinos y otros habitantes de Acacías fueron contratados y capacitados para reconocer especies, seleccionar y conservar las muestras que después serían procesadas en el laboratorio, instalar trampas y acompañar el trabajo hasta la secuenciación. Su participación contribuyó a producir 69.000 códigos de barras y les permitió discutir los resultados “de tú a tú” con estudiantes y biólogos. De esta manera, González convirtió la transmisión social del conocimiento en una parte de la labor científica.
Su trabajo se extendió después al ADN ambiental, una técnica que analiza los rastros genéticos dejados por los organismos en el agua, el suelo o la hojarasca. Estas señales permiten saber qué especies habitan o pasaron por un lugar, aunque no sean observadas directamente. Los proyectos que lidera buscan aplicar el método en Colombia para detectar especies invasoras, seguir cambios en los ecosistemas y evaluar medidas de conservación. La información obtenida también puede aportar evidencia a decisiones como la delimitación de páramos o la evaluación de los efectos que actividades como la fracturación hidráulica, o fracking, pueden tener sobre los ecosistemas.
Su liderazgo en identificación de especies a partir del ADN también se expresa en la forma como entiende el conocimiento: En un país megadiverso donde solo se ha obtenido el código de barras de ADN de entre el 10% y el 20% de las especies, cada nueva secuencia amplía la información disponible para estudiarlas y protegerlas. González quiere que ese saber circule por toda la sociedad, que un campesino aprenda sobre secuenciación y conservación de muestras, y que el barcoding ayude a resolver problemas concretos del país. Su objetivo es poner los datos en manos de quienes pueden convertirlos en decisiones para el cuidado del territorio.