Además de las 2.977 víctimas mortales, del miedo que inundó a todo Estados Unidos y las guerras que se propagaron por Oriente Próximo, los atentados del 11 de septiembre de 2001 tuvieron otro efecto colateral en Nueva York, la ciudad más golpeada por la furia yihadista: un creciente recelo, cuando no racismo directo, contra la comunidad musulmana.
Un cuarto de siglo después, la situación ha cambiado sustancialmente y ofrece un panorama mixto. Por una parte, este colectivo, cada vez con más peso demográfico, ha ido ganando poder e influencia, con el momento simbólico de la elección de Zohran Mamdani el año pasado como primer alcalde musulmán en la historia de la ciudad. Pero por otra, los prejuicios contra el islam siguen presentes en un país en el que los republicanos han convertido esta religión en un arma de cara a las elecciones de medio mandato del próximo noviembre.
Moustafa Bayoumi, autor de How Does It Feel To Be a Problem?: Being Young and Arab in America, (¿Qué se siente al ser un problema? Ser joven y árabe en Estados Unidos), asegura que en estos 25 años se ha exigido a los musulmanes que paguen por un delito que no cometieron. “Hemos sido objeto de burla, acoso y vigilancia policial. Hemos vivido en un entorno hostil”, asegura en una conversación telefónica.
La resaca de los ataques de 2001 dejó algunos casos de violencia concretos. El más conocido ocurrió en el Estado de Arizona cuatro días después de los atentados. Frank Silva Roque asesinó a Balbir Singh Sodhi, de religión sij, pero que fue tomado por musulmán por el turbante que llevaba. Este fue el primero de varios crímenes de este tipo en todo el país. Pero quizás más significativo fue que instituciones públicas como la policía de Nueva York se dedicara a espiar lugares de reunión de musulmanes como restaurantes o mezquitas que no habían cometido ningún delito, según un escándalo que destapó la agencia Associated Press.

La respuesta de la comunidad ante las crecientes dificultades, explica Bayoumi, fue organizarse para constituirse en una fuerza política. La elección de Mamdani sería, en este contexto, sobre todo el resultado de esa lucha colectiva, sin restar el mérito personal del político nacido hace 34 años en Uganda.
No hay una estadística con el número exacto de musulmanes en Nueva York. Pero lo que está fuera de toda duda es que su peso está creciendo. Según un informe de 2016 del Institute for Social Policy and Understanding, hace una década la comunidad estaba formada por unas 765.000 personas, en torno al 9% de la población total. Otros estudios más recientes apuntan a que esta cifra se acerca ya al millón. El peso de las personas que profesan la fe en Mahoma se va acercando a la comunidad judía, cerca de 1,4 millones de personas en el área metropolitana de la ciudad.
Mes de la Herencia Musulmana
Muestra de esta fortaleza fue el anuncio este año de que a partir de ahora enero sería declarado como el mes de la Herencia Musulmana de Estados Unidos en Nueva York. La decisión de la gobernadora del Estado, la demócrata Kathy Hochul, pretende celebrar el legado cultural de un colectivo con miembros tan destacados como el activista Malcolm X o el boxeador Muhammad Ali.
La documentación que acompañaba esa declaración denunciaba hechos como que un 62% de los musulmanes estadounidenses decía haber sufrido discriminación religiosa (según una encuesta de 2022 del Institute for Social Policy and Understanding) o que los jóvenes musulmanes de Nueva York de entre 10 y 18 años habían experimentado o presenciado delitos de odio con mayor frecuencia que cualquier otro grupo (el dato era de la Red de la Comunidad Musulmana de la ciudad).
Frente a la normalidad de la convivencia en las calles de Nueva York, diversos políticos republicanos están usando la cada vez mayor presencia del islam como arma electoral. A Mamdani se ha unido en los últimos meses Abdul El-Sayed, un médico progresista hijo de egipcios que ganó las primarias demócratas para obtener un escaño en el Senado por el Estado de Míchigan. Si gana en las elecciones de noviembre, se convertirá en el primer senador musulmán en la historia de Estados Unidos.
Los republicanos han respondido alertando de los riesgos que ven en El-Sayed. Muchos se empeñan en usar su nombre completo, Abdulrahman Mohamed El-Sayed, como una forma de recordar que viene de fuera de Estados Unidos. Es una estrategia que recuerda a la de mencionar el nombre de Hussein en referencia al expresidente Barack Obama. Pero en los últimos días han ido más lejos.
El vicepresidente J. D. Vance ha sugerido que El-Sayed forma parte del islam radical. Dijo de él que era “muy, muy malvado” y le acusó de defender el terrorismo por unas declaraciones que hizo tras un ataque contra una sinagoga en Detroit que se interpretaron como un intento de relativizar la culpa de los agresores. El-Sayed afirmó que “la gente herida hiere” y más tarde se disculpó por esos comentarios. En el Ayuntamiento de Nueva York, la polémica concejal republicana Vickie Paladino ha dicho cosas como que había que expulsar a los musulmanes de todos los países occidentales.
Bayoumi asegura que la islamofobia sube o baja en función de las circunstancias, pero que es algo que siempre está presente en Estados Unidos. Y que su repunte no está relacionado con que haya ataques yihadistas, sino con la cercanía de las elecciones, como ocurre ahora mismo.
“El racismo nunca había alcanzado un nivel tan desquiciado como el que vemos ahora en muchos republicanos afines al movimiento MAGA. Intentan aprovechar el sentimiento antimusulmán en un momento en el que esta comunidad tiene cada vez más peso en la política”, asegura este profesor en el Brooklyn College de la Universidad CUNY. Según este razonamiento, todo apunta a que los ataques se intensificarán de cara a las elecciones de noviembre y a las presidenciales de 2028.