La presidenta Claudia Sheinbaum se siente empoderada. Así lo hizo saber a gobernadores de su partido semanas atrás. Y así lo ha hecho patente al activar el modo ataque para convertir la crisis del INE en una baza electoral en contra de la oposición. Además, Palacio ha mandado un mensaje a sus alfiles estatales: es una hora crítica que no admite zigzagueos, advirtió. El morenismo escuchó y ya responde.
El régimen morenista juega en el tablero con la tracción de varios engranes. Luego de algunos meses de jaloneos en su interior, normales cuando hay tantas posiciones de poder —gubernaturas de medio país y el control de San Lázaro, para empezar— y dinero de por medio, la jefa máxima de Morena aceita la maquinaria.
Las candidaturas en los 17 Estados quedaron definidas, incluida la de Nuevo León, donde más ruidosamente los perdedores rechazaron a quien ganó la encuesta. A partir de ahí, desde Palenque se pule al hijo del padre del movimiento para cincelar su dimensión también como heredero a nivel símbolo, mientras que la presidenta manipula contra la oposición esa granada explosiva que es Guadalupe Taddei.
Sheinbaum consolida cada día más su posicionamiento. Entre la jefatura del Estado y la del obradorismo, opta sin rubor por esta última trinchera. Habrá que subrayar que para ella no hay contradicción, que defender desde el Gobierno lo que votado en 2018 y refrendado en 2024 es una misión histórica, un deber que ha de ejercer con la investidura y sin reparos ni melindres democráticos.
Como jefa del movimiento ha iniciado el tercer año con la firme decisión de exigir más a su equipo y a sus compañeros. Se habla de que llega a la exasperación y a perder el tono en esa demanda. Modos aparte, su entorno ha recibido el mensaje: a mitad del camino los resultados tienen que darse y notarse, rezagos como el desabasto médico no pueden ser tema mediático. Y la corrupción tampoco.
Un par de semanas atrás leyó la cartilla a los mandatarios de su movimiento. Que nadie se confunda, fue el mensaje, pues ha de usar, de ser necesario, el poder acumulado; esa fuerza sin precedente dado que se le alinearon los astros y Claudia Sheinbaum ha logrado la colonización del Poder Judicial, de la Auditoría Superior de la Federación, la Fiscalía General de la República y de la Unidad de Inteligencia Financiera.
La siguiente estación del calendario es la prueba electoral. Habiendo procesado los pocos reclamos del reparto interno, la presidenta pone energía en resistir a Donald Trump con un escudo que, por un lado potencia el valor de la lucha por la soberanía, mientras que por el otro exhibe la veleidosa agenda de Washington, que se ceba en casi puros morenistas y que es secundada aquí por no pocos opositores.
Claudia Sheinbaum capotea esas presiones y si bien el desvisadero se traduce en costos entre el electorado no adicto, hacia adentro del obradorismo EE UU galvanizó la unidad. El ejemplo más claro es el de Andrés Manuel, Andy, López Beltrán, reivindicado por obra y gracia de Trump.
La figura del hijo de López Obrador ha resucitado. En unos pocos meses dejó la condición de paria que le ensombrecía por sus malos resultados como líder partidista en 2025 y por sus desplantes en viajes que contradicen el tan pregonado lema de la austeridad morenista. Ni la jugada de enviarlo a Tabasco, a patear el territorio a fin de conseguir saltar al Congreso de la Unión en 2027, terminaba de cuajar.
Fue hasta que la Administración Trump le abrió una rendija que López Beltrán tuvo la oportunidad para relanzarse. Llegó en inmejorable momento: poco antes de que la presidenta Sheinbaum rindiera su segundo informe de gobierno, y cuando más inestables parecían las cosas tras el amago de rebeldía del exgobernador Rubén Rocha, que pretendió retomar su cargo a pesar de que EE UU lo requiere para procesarlo.
Desde su nacimiento, Morena ha hecho del discurso de la soberanía un eje programático. Las raíces del mismo surgen tanto de su nostalgia por la retórica nacionalista de ese PRI que enarbolaba la herencia de la Revolución Mexicana, como de la identidad antiimperialista que marcaba a las corrientes de izquierda que en su momento fundaron al extinto PRD, luego trasvasadas al obradorismo.
Cuando López Beltrán informó a mediados de agosto de que Washington le había quitado la visa, con una soflama en la que denunciaba tal medida como un ataque a la soberanía, la opinión pública calificó sus argumentos de desproporcionados y hasta ridículos. Es factible que fuera del obradorismo se siga pensando lo mismo, pero dentro del movimiento despertó un arropamiento que tras dos meses maduró.
De esa forma, López Beltrán no solo ya no estorbará a Sheinbaum, sino que se convertirá en una de las figuras que serán capaces de desdoblar los esfuerzos de la presidenta por recordar los principios del movimiento, por visibilizar los ideales antes que la realidad.
Con esas jugadas en paralelo, y reagrupando en lo electoral a gente como Adán Augusto López Hernández, que sin volver al centro del escenario, tendrá encargos específicos para la operación en territorio, Sheinbaum asumirá el protagonismo de la narrativa de la campaña.
La presidenta ha mostrado en los últimos días sus cartas. Tras el escándalo los burdos indicios de actos de corrupción en el Instituto Nacional Electoral presidido por Guadalupe Taddei —llegada al puesto en 2023 en un proceso cien por ciento destilado a favor de Morena—, Sheinbaum pasó en cosa de días de descalificar duramente a la consejera en desgracia, a endosársela a la oposición.
Y en la forma en que ha procedido, no solo en la resolución que tomó de voltear la polémica a su favor, hay mucha miga de lo que vendrá en los tiempos inmediatos, del estado de ánimo guerrero de la morenista número uno. Claudia Sheinbaum ya se decantó por un discurso que no admite réplica, por una narrativa que empotra en el pasado prianista toda la culpa de la corrupción que Taddei encarna simbólicamente.
Para sustanciar un relato que desafía la lógica y hasta la risa —pues en esta especie de cacería de brujas neoliberales se asegura que Taddei surge de genes salinistas—, la mandataria echará mano de todo lo que tiene a su alcance, incluidos órganos independientes del Ejecutivo como lo es la Auditoría Superior de la Federación, que, como se sabe, ya ha empezado a acatar los deseos presidenciales.
Sheinbaum no vacilará en su cruzada. Por un lado, defenderá la soberanía (y a los morenistas) de los amagos de Donald Trump y del entreguismo de la oposición, y por el otro, toda corrupción será de los otros, nunca de los de color guinda.
El tercer eje de la campaña se propondrá reforzar el vínculo popular del movimiento. Con que la economía respire un poco en estos meses, la promesa de que hay viabilidad para los programas sociales navegará mejor en las giras de fines de semana de la presidenta y en los actos proselitistas de sus correligionarios. Cerrará así el círculo: el Gobierno que es honesto da apoyos y defiende a México, que va bien.
Lo único discordante de esta estrategia de Sheinbaum es que podría despertar temores al asemejarse al proceder de la polémica ministra Lenia Batres. La Suprema Corte cambiará de presidencia en menos de un año, si prevalece el criterio de que ha de ascender quien tuvo más votos, la mencionada ministra se entronizará, y con ella su desdén a la cosa juzgada, postura que genera ruido y temor.
En el caso del INE, Claudia Sheinbaum procede de manera bastante similar a Lenia Batres. Para quitarle a Morena la carga de la corrupción del periodo Taddei, ha pedido a instituciones indagar a personas que ya fueron auditadas y reabrir periodos que concluyeron. La presidenta usa su poder para que la ASF le dé argumentos. Es una exhibición de fortaleza que sin duda le puede acarrear graves costos.
Todo el poder acumulado por Sheinbaum ha entrado en escena. Sus gobernadores serán poleas de los actos y discursos presidenciales, y Morena en pleno una caja de resonancia con la que se buscará refrendar la mayoría en la Cámara de Diputados y conseguir más gubernaturas. El ánimo presidencial estará puesto en tales objetivos. México está a punto de descubrir a una presidenta empoderada.