A veces me despierto en medio de la noche y pienso en el cuadro de Las meninas, tan abandonado a esas horas en su sala del Museo del Prado. Esa pintura, me digo, debería ser mirada sin interrupción. Da vergüenza que un lienzo tan extraordinario (aunque también monstruoso, entiéndanme) permanezca cerrado doce o catorce horas al día. Velázquez lleva rematándolo casi cuatro siglos y no da muestras de cansancio. Ahí está, con el pincel suspendido en el aire, apuntando hacia la paleta, mientras observa lo que nosotros no podemos ver: el exterior del cuadro, del que usted y yo formamos parte. ¿Por qué, entonces, no estamos ahí todo el rato? Hay máquinas que trabajan veinticuatro horas para resultar provechosas. Para amortizar esta obra de arte debería haber siempre alguien aturdiéndose ante ella.
Me vienen a la memoria las vigilias del Viernes Santo de mi infancia, frente a la imagen de la Virgen. Se trataba de no dejar sola a María en aquellos momentos decisivos de la vida y la muerte de su hijo. Nos turnábamos los “vigilantes”, de manera que siempre hubiera seis o siete personas ante el altar. No creo que fuera difícil conseguir que media docena de voluntarios pasaran las noches con el cuadro de Velázquez. Hay gente que mataría por ello, de modo que basta con proponerlo. Tienen que ser más de dos para evitar que si por casualidad parpadearan a la vez, el cuadro dejara de ser visto durante unos segundos. Media docena, creo, bastaría para impedirlo.
En mis insomnios, vuelo imaginariamente al Museo y me planto frente a ese prodigio especular. Alterado por la falta de sueño, me parece escuchar el crujido de la materia pictórica al craquelarse y el de la tela al pudrirse. Ese cuadro, como el Sol, como la Tierra misma, como todos nosotros, tiene los días contados. Conviene aprovecharlos al máximo. Ahí dejo la idea para que la ponga en práctica quien tenga capacidad para ello. Yo ya he hecho lo mío. De nada.