Pasó mucho tiempo para que la palabra dictadura fuera aceptada y utilizada para definir al régimen de Nicolás Maduro. Siempre había un pero, un matiz, un militante que invocaba los procesos electorales, un líder regional que hablaba de las conspiraciones mediáticas en contra de una revolución, un académico que denunciaba el bloqueo norteamericano… Sin embargo, Chávez había construido un sistema militarista y autoritario que, ante la crisis del modelo y la falta de popularidad, Maduro utilizó desde el comienzo de su primer gobierno. No es azaroso que, en 2014, empezaran a aparecer informes de la ONU sobre el uso de la violencia y la violación de los Derechos Humanos por parte del Estado venezolano en contra de la población.
Los testimonios de las víctimas, que ahora se visibilizan más y que acaban de incorporarse a las acusaciones de la Fiscalía de New York en contra de Maduro y Flores, son terribles, estremecedores. Cualquiera que lea los distintos informes de la Misión de Determinación de los hechos de la ONU para Venezuela recordará a las viejas dictaduras del siglo XX en el Cono Sur. Quizás incluso podría pensarse que ésta ha resultado incluso peor.
El insólito “talento” del chavismo consiste en lograr reinventar esa espantosa tradición latinoamericana (Stroessner, Videla, Pinochet…) y darle un rostro distinto, una modernidad populista con barniz de izquierda, un maquillaje de legitimidad institucional. Siempre pregonaron que se trataba de una una democracia de otro tipo: nueva, bolivariana, socialista, popular, participativa, autogestionaria… A mayor cantidad de adjetivos, menor calidad democrática de su proyecto.
Tras su apariencia institucional, el chavismo consolidó una autocracia y promovió una particular cultura de la crueldad. Despojó a los otros de cualquier posible dignidad, ridiculizó la diferencia, convirtió el bullying político en una virtud pública. Y cuando las cosas se pusieron más difíciles, hizo de la represión un espectáculo celebratorio. El goce de la violencia se convirtió en una seña de identidad, en una manera de gobernar. Los ejemplos sobran: los permanentes bailecitos de Nicolas Maduro en la televisión, incluso mientras los soldados golpeaban brutalmente a manifestantes en las calles; los eternos chistes de Diosdado Cabello, refiriéndose a la “operación tun-tun”, método policial de detención ilegal, secuestro y desaparición de cualquier ciudadano; la frivolización que -durante mucho tiempo- Delcy Rodríguez hizo, denunciando que grandes tragedias nacionales como la crisis humanitaria o las migraciones solo eran ficciones mediáticas… Si algo enfermó el alma del país fue justamente este ejercicio perverso del poder.
Sin duda, el logro más importante del chavismo es haber sostenido por tanto tiempo una cierta legitimidad internacional mientras, en realidad, el país era saqueado, económica e institucionalmente, y se construía una tiranía clásica, que practicaba abiertamente la censura, las desapariciones, la tortura y el asesinato. Su verdadero éxito está en el discurso. En la elaboración de un relato eficaz, supuestamente “humanista”, “de izquierda”, “latinoamericanista”, “bolivariano”… Basta recordar que, en los últimos años, de entre los líderes progresista del continente, solo Gabriel Boric fue capaz de desactivar este espejismo simbólico y condenar frontalmente al régimen venezolano.
Hace unos días, Delcy Rodríguez dio un discurso en la ONU que se inscribe perfectamente en la misma operación narrativa que ha manejado el chavismo durante todos estos años. Al referirse a la realidad del país, habló siempre en pasado y la definió como una “crisis de convivencia política”. Evitó mencionar cualquier responsabilidad y sostuvo que todo lo que ocurre es derivado del “estrangulamiento de la vida política interna”. Se presentó a sí misma como si fuera representante de la totalidad de los venezolanos y no una alta funcionaria del mismo gobierno acusado de narcotráfico, terrorismo y tortura, por Estados Unidos.
“Vengo a asumir hacia adelante una responsabilidad histórica, la de conducir a Venezuela desde una etapa de incertidumbre y conflicto hacia una etapa de democracia plena”. Rodríguez habla como si se encontrara ahí gracias a una decisión popular y no por ser la segunda de Maduro y haber sido elegida por Donald Trump. Habla como si no estuviera investigada por corrupción. Como si no estuviera en lo alto de la línea de mando de gran parte de las denuncias de crímenes de lesa humanidad y violación de Derechos Humanos que documenta la ONU. Rodríguez cerró con otro imbatible homenaje al absurdo nacional: “Que este momento político y geopolítico quede en la historia como el día en que decidimos levantarnos todos juntos para construir el renacer de Venezuela”. ¿Cuál es el momento? ¿La “extracción” de Nicolás Maduro y de su esposa? ¿Quiénes son esos “todos juntos”? ¿Ella, su hermano, Diosdado Cabello y míster Trump? ¿Qué carajo será el “renacer” de Venezuela?
Unos días después, Marco Rubio se reunió en Washington con Dinorah Figuera, la persona que el gobierno norteamericano ha decidido que representa a la mayoría de los venezolanos. A la salida, el secretario de Estado volvió a repetir lo que ha venido diciendo desde enero de este año. Que hay etapas, que es necesario estabilizar la economía, que se requiere tener instituciones, que habrá elecciones, pero más adelante, que primero hay que garantizar la gobernabilidad. Tanto Rubio como Delcy Rodríguez promueven la misma visión/versión de lo que vivimos y ambos también caen en el mismo error. Parten de una premisa equivocada. Hablan de la democracia como si la democracia fuera un lugar, un espacio al que hay que llegar siguiendo determinados pasos, un espacio al que Delcy responsablemente nos puede conducir. Pero la democracia no es un lugar. Es un proceso. Es una forma de relación y de poder. Una dinámica que si no está presente desde el principio, muy probablemente tampoco estará presente en el futuro.
Es cierto que hay cambios en el país. Es cierto que han quedado libres muchos presos políticos. Es cierto que se han desbloqueados algunos medios y que existe una apertura mayor con respecto a la libertad de expresión. Es cierto que están en marcha negociaciones que apuntan a cambiar a los miembros de algunas instituciones del país… Pero no es suficiente. El aparato represivo de la dictadura continúa intacto. Todavía hay presos políticos que permanecen injustamente encarcelados. Hay medios que siguen censurados y los periodistas internacionales no pueden entrar libremente a Venezuela. Estamos ante un momento de oxigenación, de flexibilización, que funciona tanto para la sociedad como para el chavismo. Pero es un momento en el que todavía predomina la opacidad y se ignora la participación ciudadana.
Los venezolanos no solo queremos votar. También queremos saber, debatir e intervenir en nuestra historia.
En su discurso ante la ONU, Delcy Rodríguez, no faltaba más, citó a Simón Bolívar para reafirmar que el futuro no lo puede decidir “ni un poderoso, ni un partido, ni una nación”, sino “el pueblo soberano”. Sin embargo, la cúpula chavista y el gobierno estadounidense están haciendo precisamente lo contrario. El contrato energético que han firmado ambos hace poco es un ejemplo perfecto. Es un acuerdo que se realiza al margen de la Constitución, sin información precisa y sin debate abierto, comprometiendo el petróleo del país.
Hay una vieja sentencia que sostiene que la enfermedad no existe, existen los enfermos. Tal vez lo mismo podría aplicarse a las transiciones. Cada caso es único y particular, impredecible. Pero mientras no haya transparencia, mientras la ciudadanía no tenga el poder de saber y participar en los cambios, mientras no existan maneras de auditar las negociaciones, el país podrá mantenerse en un extraño limbo, sometido todavía por una estructura que tiene vigentes sus mecanismos de control y de violencia.
Las elecciones son fundamentales, sí; pero hay que ir incluso más allá ¿Es posible alcanzar la democracia sin practicar la democracia, ignorando sus principios y dándole la espalda al pueblo?