Una cárcel en calma no es una cárcel. La vieja prisión de Martutene está en silencio, no hay bullicio, tampoco se oyen avisos por la megafonía, ni retumba ya el eco metálico y sobrecogedor que produce el cierre de las celdas. Martutene ya no es una cárcel, pero conserva todos los elementos de un penal decadente: la garita central de los vigilantes, las galerías enrejadas donde vivieron los reclusos, un gran patio con frontón cubierto, los locutorios y las habitaciones para el vis a vis… Hay rejas por doquier, con unos pestillos de hierro deslizantes para garantizar la seguridad interior. En este lugar los calendarios se detuvieron en el mes de junio de 2026, cuando todos los internos (230 en total) fueron trasladados entonces al nuevo centro penitenciario de Gipuzkoa, ubicado en Zubieta. Martutene ya es historia. Antes de cambiar de prisión, una reclusa dejó escrita su despedida en la pared de la celda 9 de mujeres: “Adiós Martutene. Aquí estuve yo. Desde 2018 hasta hoy… 2026”. Y ahí seguirá el escrito, que firmó “La gata”, hasta que esta vieja cárcel de 78 años sea demolida para construir en el solar un polígono residencial de 400 viviendas.
Es impactante adentrarse en un penal construido durante el régimen franquista (se inauguró en 1948). Aunque en estos 78 años ha experimentado algunas mejoras, Martutene tiene un aspecto achacoso, incluso siniestro en algunas zonas: unas instalaciones vetustas, un decorado pasado de moda, muchas reliquias carcelarias caducas, barrotes y cancelas con roña, olor a rancio… EL PAÍS se adentró el pasado 14 de octubre en este centro penitenciario ya extinto donde aún quedan huellas estremecedoras de sus moradores. “Madre, sufriste por verme nacer y yo nací para hacerte sufrir. Perdóname”, se puede leer aún en una de las paredes del patio del módulo de mujeres.
Aquí hay un silencio sepulcral; ahora todo está en calma como nunca antes. Desde su origen, Martutene no ha sido del agrado de casi nadie. Los vecinos del barrio enviaban a la prensa local comentarios contrarios a su construcción en la vega del río Urumea: “Es que no había por ahí otro rincón no tan elegante para construirla?” y “Es que el régimen penitenciario requiere ahora las buenas vistas y la belleza de los alrededores?”, decían en cartas al director de El Diario Vasco. La primera piedra se puso en octubre de 1944, con gran alarde de autoridades políticas, militares y eclesiales afines a la dictadura. En las obras participaron “presos republicanos que habían combatido contra el golpe del 36”, sostiene Javier Buces, historiador de la sociedad de ciencias Aranzadi. Fue “un lugar de represión del franquismo”, añade. 24 asociaciones memorialistas vascas han solicitado al Ejecutivo autonómico y al Ayuntamiento de San Sebastián que, en virtud de la ley vasca de Memoria Histórica y Democrática se catalogue la cárcel como “lugar de memoria histórica” y conste en el futuro, después de su demolición”, como un “exponente notorio” de las fechorías que cometió Franco en aquellos años. Piden también que en el desarrollo urbanístico que se proyecta en su lugar “se conserve algún elemento representativo” del penal, como la puerta de entrada o la garita central.
A los últimos presos se los llevaron de aquí el 17 de junio. La Ertzaintza los condujo hasta las modernas instalaciones penitenciarias de Zubieta. En Martutene se pueden ver los avisos que se habían colocado pocos días antes en los barrotes con las últimas indicaciones del traslado: “Se entregarán tres bolsas rafia para el traslado. Dos se han de entregar el lunes 15 de junio en mantenimiento. Bajar con NIS (los 10 dígitos que identifican a cada interno). Y la otra bolsa os la quedaréis con lo justo para tres días, cosas de higiene y tres mudas para llevar en el coche de la conducción”.

Al marcharse todos, el personal funcionario, los guardias y los reclusos, en Martutene se respira ahora un ambiente fantasmal. En las celdas quedan señales de la vida que había entre rejas. “Danielito, mi bebé”, escribió un preso en una fecha del calendario muy señalada para él. Tato, Vitxo, Intxaurrondo, Oñati, Fernan y El Nene marcaron su nombre o apodo en la celda 4 de una de las galerías superiores. En muchas habitaciones hay latas de pechuga de pollo al natural convertidas en ceniceros rebosantes aún de colillas abandonadas, envases de yogur vacíos, alguna peladura de plátano, pertenencias varias e íntimas, muchos preservativos, restos de paquetes de tabaco de liar, mecheros pegados en la pared, bastantes botellas de agua… Hay pocos libros en las habitaciones. Uno se dejó en la celda 7 Dispara, yo ya estoy muerto, de Julia Navarro; otro, se fue sin su disco-libro de Héroes del Silencio (de la colección de EL PAÍS).
Son celdas a la vieja usanza. Las más reducidas con una litera para dos personas, un paso muy estrecho, estanterías, sillas de plástico a las que algunos colocaron pelotas de tenis en las patas para amortiguar el ruido al arrastrarlas, un escritorio y el baño con inodoro y lavabo. Todas con una luz natural que accede por las ventanas enrejadas. Y la puerta, una puerta contundente de hierro, blindada, con una mirilla minúscula (cinco por tres centímetros) y un gran pestillo deslizante que atruena cuando los vigilantes ejecutan la liturgia del cierre de celdas previo al descanso. En Martutene se hacía el primer recuento a las 8.00 y se echaba la cancela por última vez a las 20.30 para volver a recontar a los internos. Así todos los días con puntualidad total. Son cinco galerías para hombres con algo más de 70 celdas en total. En una zona aparte, otras 15 del módulo de mujeres con acceso a un patio mucho más reducido que el destinado a los varones. Todos, cuando salían a cielo descubierto, tenían vistas a las nuevas viviendas que se han levantado en Txomin Enea.
En las garitas, de forma octogonal, se apilan tableros de parchís y ajedrez, listados de los últimos internos, notas informativas varias, hojas para solicitar acogerse “al periodo religioso del Ramadán”, solicitudes para cambios de turno y el listado de teléfonos de toda la prisión con un número destacado, el 3301 del megáfono. En una de las paredes centrales, a la vista de todos, preside una hornacina de madera, vieja y deteriorada. La repisa está vacía, pero se intuye que en otro tiempo estuvo ocupada por la figura de la virgen de la Merced, la patrona de Instituciones Penitenciarias que, para los creyentes, vela por las personas en cautiverio.
Sigue el pie el arco de detección de metales que da acceso al área de registro de los reclusos. Ya no hay teléfonos para las llamadas al exterior, solo las típicas cabinas con los cables al descubierto. Se conserva mucho mejor la zona de locutorios (seis) y las dos salas para las comunicaciones preso-abogado. Hay que pasar un laberinto para llegar al espacio donde están las habitaciones de los vis a vis “intimo” o “familiar”.
Hay ordenadores desenchufados, impresoras sin cables, instrumental sanitario en el área destinada al médico y la enfermería, un sillón dental y se conservan las cocinas industriales y las cámaras frigoríficas. No hay rastro de consignas políticas en las paredes. Se lee un “gora Euskadi aldatuta” (viva Euskadi cambiada). La mayoría de los últimos internos de Martutene cumplían condena por delitos relacionados con la delincuencia y las drogas, y algo más de una treintena (según Etxerat) por su pertenencia a ETA y su pasado terrorista. De esta prisión se fugaron los presos de la banda Iñaki Pikabea y Joseba Sarrionaindia escondidos en unos bafles tras el concierto que ofreció dentro el cantante Imanol. Aquello fue muy sonado y dio lugar a la canción de Kortatu Sarri, Sarri, que muchos años después, en 2024, Fermín Muguruza interpretó ante los internos de la vieja cárcel donostiarra.
Martutene ha cedido el testigo a Zubieta, un centro con seis módulos y 234 celdas, más confortable para los internos pero también más alejado de la capital. Es una de las tres cárceles vascas (además de Basauri en Bizkaia y Zaballa en Álava) que el Gobierno de Pradales gestiona desde octubre de 2021. El consejero vasco de Vivienda, el socialista Denis Itxaso, se felicita por el acuerdo alcanzado con el Gobierno central para conseguir que “la cárcel pase a ser barrio”. Las celdas darán paso a 400 viviendas protegidas “asequibles”.
El acuerdo entre administraciones contempla la cesión del terreno al Ejecutivo de Vitoria. “Será mediante una cesión gratuita”, advierte Itxaso, quien este pasado viernes participó en el programa Hoy por Hoy, de la Cadena SER, que su director Aimar Bretos realizó desde el interior del penal donostiarra. “La ciudad no tendrá que pagar esta vez por el suelo”, como sucedió recientemente con la compraventa de la parcela de los cuarteles de Loiola, que se cerró con el compromiso del consistorio donostiarra de abonar 73,3 millones. En este caso, asegura el titular de Vivienda en Euskadi, “los dos gobiernos se comprometen a compartir los costes de la operación, que incluirá el derribo [de la prisión], elevar la cota para evitar inundaciones y la urbanización del solar”.
