La secuencia de heridas autoinfligidas de los EE UU de Trump es de tal calibre que un agente extranjero infiltrado en el Despacho Oval difícilmente podría hacerlo mejor. Washington está destrozando sus alianzas, empantanándose en una guerra innecesaria en Irán, demostrando sus límites con una fallida embestida comercial contra China, perdiendo influencia en las instituciones internacionales que boicotea, granjeándose el desprecio —o el rencor— de gran parte del planeta. Los tiros le salen por la culata a ritmo de metralleta. Europa puede aprovecharse de algunos de ellos.
Por supuesto, hay tiros que nos alcanzan y hacen daño. La quiebra de la confianza en la protección de EE UU nos fuerza a incrementar el gasto militar que durante décadas descuidamos. Sería estupendo poder invertir ese dinero en escuelas, hospitales y pensiones, pero entre Moscú y Washington tenemos un problema que hay que afrontar. La embestida comercial estadounidense es otro problema serio. Más pueden venir debido a nuestra notoria dependencia tecnológica de EE UU. Pero la presencia del primer ministro de Canadá, Mark Carney, esta semana en el discurso del estado de la Unión Europea invita a mirar las ocasiones que los tiros por la culata propician.
La perspectiva de estrechar lazos con Ottawa es el epítome de la más evidente: la completa desconfianza en Washington hacia sus tradicionales aliados y socios abre para la UE la posibilidad de construir nuevas relaciones con otros desde la interesante posición de ser el bloque con mayor peso. Esta observación no es una invitación a aprovecharse abusivamente de esa condición, pero sí a usarla plenamente en nuestro propio interés y en el de los amigos que comparten nuestros valores.
Pero hay más. La fallida guerra arancelaria de Trump contra China también tiene un flanco positivo para la UE. Aunque Washington haya tenido que frenar la escalada debido al daño inmenso de la represalia de Pekín con las restricciones a las exportaciones de tierras raras, la relación comercial entre ambos se ha complicado. Y si bien China está encontrando caminos oblicuos para seguir exportando, no hay duda de que el mercado europeo tiene hoy para ella un interés mayor del que tenía antes de que la ofensiva de Trump entorpeciera el acceso al de EE UU. Hay que aprovecharlo para conseguir un reequilibrio en una relación europea con China que amenaza con la destrucción de amplios segmentos de nuestra industria.
Hay más todavía. La desconfianza generalizada en EE UU crea otras oportunidades. ¿Quién quiere depender de un kill switch en tecnologías clave en manos de Trump, Elon Musk, Peter Thiel (o Xi)? Buena suerte con eso. El mundo está lleno de líderes que piensan sobre ello. Si conseguimos tener productos competitivos en áreas sensibles como la militar, la aeroespacial, la digital, la biotecnológica, cabe pensar que el made in Europe tendría un premium notable en el mercado basado en la desconfianza que inspiran los competidores.
Y ahí, en ese sí, está el problema. Estamos haciendo algunas cosas bien. Hemos impulsado nuevas relaciones comerciales y hemos cerrado filas en apoyo a Ucrania tras la espantada de Trump. Pero en muchos otros frentes renqueamos, y corremos el claro riesgo de perder las oportunidades que hay en la crisis. No tuvimos atractivo suficiente para Islandia; se cayó el proyecto FCAS para un avión de combate de próxima generación; hemos tomado creciente conciencia de la necesidad de reequilibrar la relación con China, pero no parece que estemos todavía en un consenso fuerte de acción; hemos aumentado un 80% el gasto militar en el entendimiento de que tenemos que tomar la defensa en nuestras manos (pero seguimos en enorme medida apostando cada uno por las suyas). La lista podría seguir.
El segundo advenimiento de Trump no tiene solo la derivada positiva de forzar a los europeos a madurar y construir su independencia. Tiene consecuencias prácticas útiles para este nuevo camino, nos sitúa en algunos casos en una nueva, fértil, centralidad. En Estrasburgo, Carney habló de “resiliencia colectiva” ante la tormenta brutal y de afinidades electivas goethianas. Pues bien, la UE puede ser el epicentro de todo eso. Pero hay que actuar con determinación para aprovechar esta situación.
Desgraciadamente, en medio del shock 2.0 de Trump (segundo mandato), del shock 2.0 de China (estrangulamiento industrial de hoy tras el impacto posterior a su entrada en la OMC) y el shock salvaje de Rusia, destruyendo a bombazos un país europeo y saboteando a otros, toca ver a políticos cuyo principal esfuerzo es construir la narrativa de los inmigrantes como amenaza. La historia emitirá un juicio demoledor sobre ellos.