Como la mujer de 50 pies, la dama que un día torneó barro con la erótica asistencia de Patrick Swayze, reina desde una valla publicitaria sobre una plaza donde los comercios venden los caramelos con sabor a violeta que ya paladearon las amantes del Alfonso XIII. Nada es juvenil en este escenario, donde lo rancio es reclamo turístico. Y sin embargo, ella intenta parecer joven porque solo la arquitectura y las recetas gastronómicas tienen permiso para envejecer. Su cara brilla sin un pliegue; su pelo, absolutamente libre de canas, exhibe un volumen insólito. Viene a la mente el premio de consolación de los halagos: “Está estupenda”. La actriz hace como que no pasa el tiempo aunque no engaña a nadie. Todos lo sabemos, incluso ella misma, que hace un año protagonizó una película en la que su yo decrépito bebía una sustancia milagrosa que la devolvía a los 20, pero peor. Ya resulta imposible decidir si lo que aquel film contaba era ficción o documental. Hay adolescentes comprándose cremas antienvejecimiento aunque la esperanza de vida de las mujeres en España alcanzará los 87,5 años en el año 2050; en todas las naciones con sistemas sanitarios avanzados, los hombres cada vez viven más. Y sin embargo, no hay un solo país próspero en el planeta donde envejecer no sea motivo de vergüenza. La gerontofobia se cuela en todos los recovecos y donde aún quedan grietas de duda, alguien inyecta una toxina. Nadie escapa a un fantasma cuya sombra viene con guadaña, de Vladímir Putin a Paul McCartney. Hay mejillas de abuelos que parecen nalgas de bebé. El Estado de bienestar regaló tiempo extra a los que pactaron darse un sistema de pensiones, pero el neoliberalismo no piensa dejar que nadie se deje llevar de nuevo por el júbilo de la jubilación. Que las niñas sepan cuanto antes que arrugarse es una deshonra. Que los niños comprendan que ellos no tienen por qué pagar a nadie excursiones a las orillas del mar.