Discúlpenme, este es un texto de cuota, uno más (vengo publicando de seis a diez al año), sobre el hambre en el mundo. Resultan eficaces para tranquilizar nuestras conciencias. Es como decir “no os olvidamos”, o “no nos olvidamos” para olvidarnos al instante (bastante tenemos con lo nuestro). La fotografía se publicó el 27 de septiembre. Lo más probable, en fin, es que el niño esté muerto y enterrado ya. La muerte por hambre empieza cuando el organismo consume sus reservas de grasa, luego se merienda sus propios músculos, incluidos los del corazón, y el cuerpo acaba devorándose a sí mismo, paradójicamente, para continuar vivo.
Las manos grandes, tan bellas, pertenecen a Madina Osman Hassan, la joven madre (22 años) del niño, que tiene cuatro años, aunque parece un bebé de cien. Nos preguntamos qué habrá sido de la sonda y del tazón con la jeringuilla que tanto espacio ocupan en la imagen. Quizá se estén utilizando en un bebé que retrataremos de aquí a unos meses para hablar otra vez del hambre en el mundo. El “hambre en el mundo”: he ahí un sintagma que pierde significado a cien por hora. Es como decir el hambre en Marte. El hambre en Marte, pues, se está llevando a este crío, lo va borrando de la realidad como se borra una ecuación de un encerado. Las manos poderosas de la madre, capaces quizá de sostener el mundo, desfallecen ante los cuatro kilos de este rescoldo humano de ojos grandes.
Y ahora podemos pasar de página. Para eso están hechas en parte las páginas de los periódicos: para cerrar el horror sin necesidad de cerrar los ojos.