Dice la Real Academia Española que valiente es aquella persona capaz de acometer una empresa arriesgada, pero también indica que ese término se puede utilizar para designar a una persona excelente o valiosa. Ambas acepciones sirven para denominar a Antonio Navarro Wolff y a sus dos compañeros en la misión nada fácil de copresidir la Asamblea Nacional Constituyente que en 1991 nos dio la carta de navegación de esta atribulada Colombia en que vivimos.
Antonio Navarro, Horacio Serpa y Álvaro Gómez fueron tres valientes hombres que con su historia personal y política lograron hacer posible un texto moderno y necesario para pasar la página de los sectarismos que entonces ahogaban al país y que, como lo estamos viviendo en el presente, poco a poco nos vuelven a ahogar. Navarro y Gómez, estando en orillas diametralmente opuestas en lo que respecta a la concepción de un estado, tuvieron la madurez y la seriedad suficiente para sentarse en una misma mesa a acordar un país que fuera viable para ricos y pobres, pero antes que eso tuvieron la capacidad intelectual para comprender que no se avanza en el conflicto, sino que se necesita diálogo y respeto para que las cosas empiecen a cambiar.
Es triste pensar que aquellos que hoy tienen menos de 45 o 40 años de edad con dificultad lograrán comprender la fuerza de aquella foto de los tres líderes políticos que representaban a la Colombia que duró décadas matándose por unos supuestos ideales conservadores, liberales o socialistas prestos a aceptar unas reglas del juego claras para permitir que todos los matices políticos tuvieran oportunidad de expresarse, de respaldarse y de elegirse. Ese momento histórico fue darle un nuevo punto de partida a una sociedad traumatizada por la violencia asesina entre conservadores y liberales y heredera de todos los rezagos en desarrollo que hacen que prosperen ideas asociadas al socialismo o al comunismo.
Cuando hoy vemos un presidente De la Espriella menospreciando e insultando a políticos y movimientos de izquierda, en lugar de emocionarnos, deberíamos añorar a hombres valientes como Álvaro Gómez Hurtado quien, con la Constitución, pero también con muchos de sus actos, demostró al país que la promoción del odio hacia quien opina distinto no es la forma de construir a Colombia. Cuando vemos a Gustavo Petro lanzando sus incendiarios discursos repletos de lugares comunes de odio hacia la derecha, el país entero debería enfocarse en decirle a Petro y a De la Espriella que recuerden que hace 35 años un hombre de la izquierda como Navarro y uno de la derecha (Gómez) le dejaron al país el mejor libro de instrucciones posible, y que ahora ellos en sus ansias de pasar a la historia voluntariamente olvidan aplicarlo.
Navarro fue un valiente al no embarcar a Colombia en una nueva guerra luego del asesinato de Carlos Pizarro. Eso nunca se debe olvidar. Y no fue un asunto de comodidad o confort, sino cuestión de responsabilidad con el futuro. Ese mismo que Abelardo y Gustavo creen estar configurando con esa repugnante receta de odio que no conduce sino hacia nuevas guerras.
Faltan valientes capaces de utilizar más palabras y argumentos. Esos son los que brillan. Sobran valientes que creen que todo se resuelve con la muerte del otro o a través de mensajitos inocuos en las redes sociales. Ayer en Colombia se apagó un valiente de verdad.