Ni la edad ni el trauma de abandonar Ucrania -para residir en España- han apagado la gigantesca pasión por el ajedrez de Vasyl (el equivalente en ucraniano al ruso Vasili, que él empleó hasta la guerra) Ivanchuk, uno de los mejores ajedrecistas de la historia que no han logrado ser campeones del mundo. Sólo un genio se atreve a arriesgar tanto a los 57 años como hizo él este sábado ante el estadounidense Fabiano Caruana, 3º del escalafón, en la 4ª ronda de la Olimpiada de Ajedrez en Samarcanda (Uzbekistán).
Ivanchuk aceptó que EL PAÍS lo acompañase en la mesa del almuerzo dos horas antes de la partida. Se le notaba muy estimulado: “Me encantan los grandes retos y jugar hoy contra Caruana lo es. Voy a tomar sólo un té de momento, prepararé un poco la partida y luego, sólo si me queda tiempo, comeré algo ligero”, explicó quien llegó a ser tres veces el 2º del mundo (1991, 1992 y 2007) y ganador de innumerables torneos. Pocos dudan de que la corona no se le habría escapado si no hubiera coincidido en el tiempo con Anatoli Kárpov, Gari Kaspárov y Viswanathan Anand. Precisamente Anand (56 años) y el israelí Borís Guélfand (58) son, junto a Ivanchuk, los tres de más edad entre los cien mejores en este momento.
Tras el respetuoso saludo de Caruana cuando llegó a la mesa y ofreció su mano al ucranio, las dos primeras horas fueron de tanteo en un boxeo mental. Caruana, con las piezas blancas, no se atrevía a abrir el juego porque ello liberaría un alfil encerrado de su rival, y este tampoco se precipitó porque antes quería mejorar sus otras piezas. Lo hizo, rompió en el centro, se cambiaron las damas y se llegó a una posición equilibrada, donde a Ivanchuk le bastaban las jugadas normales para mantener una posición cómoda.
Pero el comportamiento acomodaticio no encaja con los genios. De pronto, el vigésimo quinto lance de Ivanchuk atrajo como la miel a los jugadores que paseaban cerca mientras esperaban la respuesta de sus adversarios. Era una explosión de creatividad, tan elegante como innecesaria: un sacrificio de pieza a largo plazo, muy difícil de evaluar, para aprovechar la mayor armonía de las piezas negras.
En la sala de prensa, las máquinas decían que el sacrificio era correcto. Pero los ajedrecistas de silicio no saben lo que son los apuros de tiempo, e Ivanchuk empezó a sufrirlos, y sucumbió en el movimiento 42, cuando omitió una maniobra relativamente sencilla que mantenía la lucha en equilibrio.

El ucranio siguió luchando, pero Caruana se mostró implacable, y la rendición se produjo en el 69, tras cinco horas de combate entre dos de los mejores jugadores de la historia que no han sido campeones del mundo. Se llevaron al estadounidense para pasar el control antidopaje (le había tocado por sorteo). Cuando regresó, sin saber todavía lo que las computadoras indicaban sobre la partida, habló con este periódico: “Me resulta muy difícil elegir un momento clave porque toda la partida es muy compleja. De hecho, el sacrificio en sí mismo puede ser clave, porque no era necesario. Pero también es cierto que no sé quién está mejor después. Tengo que mirarlo despacio”.
Mientras tanto, Ivanchuk seguía clavado en su silla, mirando al techo, como hace habitualmente, reproduciendo mentalmente la partida en busca del error que no terminaba de identificar. Unos veinte minutos después se irguió y fue paseando muy lentamente en dirección a la salida del enorme pabellón. Pasó al lado de varias partidas que continuaban en juego, y las miró, pero en realidad seguía pensando en la suya. Cuando ya estaba más cerca de la salida, y el diálogo ya no molestaba a nadie, aceptó compartir sus pensamientos, en un español impecable (habla siete idiomas y entiende varios más): “Supongo que las máquinas dirán que mi sacrificio es correcto. Pero claro, necesitas tiempo para gestionarlo bien, porque es a largo plazo, y yo no lo tenía. Después, no estoy seguro; hay varios momentos donde veo ideas alternativas, pero todo es muy confuso”.
Sin embargo, pronto hubo un indicio sólido de que el genio estaba relativamente satisfecho a pesar de la derrota: cuando salió a la zona donde el público espera a sus ídolos, aceptó cuantas fotos y firmas le pidieron gentes de los más diversos confines del mundo. Muchos de los admiradores que se le acercaron son muy jóvenes, y probablemente desconocen la enorme lista de hazañas que componen su biografía. Pero cabe deducir que reconocen a un genio adorable. En ese caso, la edad no importa.