El endurecimiento antiinmigración de Feijóo es ya peligroso. Exacerbado en su intento de capitalizar la crisis de Ceuta para el extremismo, alimenta el riesgo de derivar en simple racismo, o trasluce un recóndito impulso de este género. Y lo activa en los propensos a esa idiotez.
Resultado, encrespa ánimos y ahonda fracturas sociales. En menos de una semana las ha rociado con dos bidones de gasolina dialéctica. Uno es su estribillo, estrenado en Torre Pacheco, según el cual los llegados a Ceuta que aún permanecen ahí “no son inmigrantes que vienen a buscar trabajo”, sino delincuentes “que vienen a enfrentarse contra el orden público”. Por lo que “la solución es la expulsión”.
La hipérbole toma la parte por el todo. Y equipara inmigración con delincuencia. Ni todos la cometen, ni dejan de ser inmigrantes, aunque les hayan manipulado. Y están muy apurados tras casi dos meses de desamparo. Lo que en nada justifica la violencia de algunos, pero encuadra el caso. Los adolescentes del 31 de julio no son invasores, aunque así lo opinen individuos como Manfred Weber o Dolors Montserrat: no atravesaron la frontera con bayonetas ni tanques.
También Ceuta le da pie al líder del PP para anunciar una propuesta de ley que despoje de la nacionalidad española a quienes cometan delitos graves: “El pasaporte no se regala, hay que merecerlo”. Aunque ahí distingue poco entre inmigrantes y autóctonos, el contexto refuerza que va para aquellos. ¿O piensa declarar apátridas a delincuentes españolísimos como José Barrionuevo, Jaume Matas, Eduardo Zaplana o José Luis Ábalos? Si es así, seguirá al Gobierno Netanyahu, que amenaza con revocar la ciudadanía a los directores de Naza, Yuval Abraham y Rachel Szor, sin importarle la religiosidad, fundamento del Estado israelí. ¿Motivo? El grave delito de denunciar la estrategia calculada del genocidio en Gaza, urdido por el “ardiente odio autodestructivo“ de quienes están “dispuestos a dañar a su patria”.
Un manido recurso para deshacerse de los incómodos, mediante el ostracismo, la cárcel, la expulsión e incluso las cámaras de gas, es desproveerles de su condición humana. Para lo que el primer escalón es borrar su dignidad como personas. El lenguaje, nunca aséptico, ayuda: los “perros” judíos, los “avaros” catalanes, los “vagos” andaluces, las “bestias” negras… los “delincuentes” disfrazados de inmigrantes.
Hay tradición. Para justificar el esclavismo colonial, cierta doctrina religiosa ultrafanática propagó la doctrina de que las gentes de color “no tienen alma”, por lo que no eran personas humanas. Y pues, carecían de derechos. Llegaban a ampararse, ucrónicamente, en la Política de Aristóteles. Modernamente fustigó sus prácticas “como si los negros no fueran hombres, sino animales”, el papa Gregorio XVI (In Supremo, 1839). Una de esas palancas era legitimar la esclavitud “por causa de un delito”.