Ya era difícil para Wanderers ir a jugar al Bernabeu en defensa de la Copa Intercontinental. El certamen se jugó en sus últimas cuatro versiones en Sudamérica, entendiendo el poderío de Boca Juniors, Flamengo y Peñarol, los representantes del continente. Pero como ahora se trataba de un cuadro de segunda división del fútbol chileno enfrentando al poderoso Real Madrid, la sede no fue ni siquiera imparcial. Y para más desigualdad, con un árbitro europeo.
Nadie esperaba que Wanderers ganara en el Bernabéu, y menos con el reloj corriendo en contra desde temprano. El decano del fútbol chileno llegó a esta final con la mochila de siempre: un plantel modesto, un rival de fábula, un estadio que impone respeto solo con verlo y un arbitraje europeo que no jugaba precisamente a favor de los porteños. Enfrente estaba un All Stars sub 20 del Real Madrid, institución que no necesita la camiseta para intimidar, porque en esa casa el talento se cría en serie (este año vendieron juveniles por más de 150 millones de euros) y porque, además, Florentino Pérez ungía como maestro de ceremonias desde el pitazo inicial a la entrega de las medallas. Con ese panorama, la expulsión a los 25 minutos del caturro Alexander Oroz -por una patada descomunal fruto de la fricción que equivocadamente planteó el elenco porteño como estrategia inicial- parecía el punto final de una historia que apenas comenzaba.

Pero ahí empezó lo mejor de Wanderers. Con diez, y después con nueve, los caturros hicieron algo que el fútbol chileno rara vez ha hecho en la última década cuando se mide con los grandes: no se resignaron. Compitieron, se ordenaron, corrieron y aguantaron con una dignidad que no se ve en las estadísticas, pero sí en la memoria de quien vio el partido. Ese espíritu tiene algo de identidad porteña, la de un club fundado en 1892 que ha sobrevivido a descensos, crisis y al olvido, y que sigue entendiendo el fútbol como una cuestión de orgullo antes que de presupuesto. Perder así no se parece a caer de otra manera.
Queda el resultado, que es el de siempre: el Real Madrid levantó la única copa que le faltaba en sus vitrinas, y lo hizo, como suele hacerlo, con esa ayudita extra que rodea a los gigantes, sea un fallo dudoso, una cancha inclinada o la sombra de su escudo jugando como dueño de casa. Habrá quien lo llame justicia poética y quien lo llame costumbre. Yo prefiero quedarme con otra imagen: la de un equipo de Segunda División, con ocho hombres, mirando de frente al campeón de Europa en su propia casa y sin bajar la cabeza, aunque con lágrimas en los ojos sentenciado el tres a uno. Los trofeos se los lleva Madrid, pero el respeto de esa noche se lo llevó Wanderers.