Los abuelos de las familias mexicanas suelen tener retratos familiares grandes. Es posible ver a 10 o 12 hermanos de edades distantes que sonreían para la posteridad. En los años 70, la foto de todos los parientes incluía aproximadamente a siete hijos y 20 años después los primos se conformaban de grupos de tres hermanos por matrimonio. La reducción de la natalidad no solo se mira en las estadísticas, también en los álbumes y en las reuniones familiares.
Gracias a estas fiestas, llenas de tíos y tíos abuelos, México pasó los años 90 hablando del bono demográfico y las ventajas que podría traerle. El Gobierno hacía planes para administrar un país joven. Aunque ya se miraba en los hogares que el número de nacimientos caía, el nuevo dato del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), publicado este mes, ha sorprendido. Las mujeres hoy tienen en promedio 1,9 hijos, un dato menor a la tasa de reemplazo poblacional, que requiere de 2,1 bebés por mujer para mantener el equilibrio entre personas jóvenes y adultos mayores.
A pesar de que los días de Reyes ya no congregan a 10 hermanos y primos, una menor cantidad de hijos por familia no representa, por sí misma, una mala noticia, sino las modificaciones de una sociedad, el efecto de las políticas públicas y, sobre todo, el cambio en la vida de las mujeres.
El papel de las adolescentes en la fecundidad
En México, la reducción de los nacimientos era una constante general, pero el impacto no era el mismo entre las adolescentes. Para 2005, México era el país de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) que más embarazos registraba entre menores de 20 años, con 65,8 por cada 1.000. En esos años, el país ya aplicaba programas de salud sexual y planeación familiar, pero dirigidos en general a las mujeres. Para 2015, el Gobierno lanzó la Estrategia Nacional para la Prevención del Embarazo en Adolescentes (ENAPEA). Su objetivo era erradicar los embarazos entre niñas y adolescentes de 10 a 14 años y reducir al 50% los registrados entre los 15 y 19 años en 2030.
Los nuevos datos van en un buen camino sobre las metas. En el grupo de entre 15 y 19 años, las mujeres pasaron de tener en 2015 43 hijos por cada 1.000 a 20,3. Esto implica una caída de poco más del 50%. La doctora Nathaly Llanes, quien investiga la fecundidad, el embarazo adolescente y la salud sexual, remarca que el cambio se incrementa: “Las adolescentes están teniendo acceso a anticoncepción, información y una decisión más autónoma”.
El impacto educativo borra las diferencias territoriales
Llanes señala que el papel de la educación tiene una relación significativa con este proceso: “Entre más formación tengas, más allá de hablar de la calidad, la escuela funciona como una sala de espera. Mientras estén en las aulas, es más difícil que una adolescente se embarace. En un país como México, donde alrededor del 80% de los embarazos en la adolescencia ocurrían antes de dejarla”.
Los datos también reflejan un ángulo interesante sobre la formación. Entre los 12 y los 14 años, un 92,9% de los adolescentes acuden a la escuela, el número baja entre los 15 y 24 años, en los que se colocan en un 47,3%, pero la cifra se ha elevado un 3% en comparación con 2020.
El único grupo en el que cayó el promedio de hijos según la escolaridad de las madres fue en el de las mujeres sin estudios concluidos. Llanes lo explica como un efecto de composición, ya que requiere de diferentes factores para llegar a ese resultado. “Hay una proporción mayor de mujeres que han alcanzado niveles educativos medios y superiores, donde la fecundidad normalmente es menor, y esto ha reducido el peso de los estratos de baja escolaridad”.
Los nacimientos presentan caídas significativas en los grupos de edades, sin importar su lugar de residencia. La Ciudad de México, donde más ha bajado el embarazo adolescente, tiene una caída del 53%, mientras que en Chiapas, donde se registran más casos, la caída es del 41%.
Los datos sobre la tasa global de fecundidad simulan, hoy, el comportamiento que tendrían a futuro las mujeres en su vida reproductiva, pero también ilustran otra decisión: postergar la maternidad. Si bien hoy menos adolescentes tienen hijos, en otra etapa de su vida pueden desear tenerlos.
El ideal de la maternidad
La discusión en América se ha enfocado en las mujeres y los derechos sexuales y reproductivos por los que han luchado, como el origen de los problemas de natalidad en los países. La ultraderecha pelea por terminar con el acceso al aborto, en las redes sociales se promueve la idea de las familias tradicionales –en las que las mujeres se quedan en casa y tienen muchos hijos–, y el papel de los hombres se cuestiona poco.
Los estudios poblacionales sobre fecundidad suelen desviar la mirada del papel de los hombres en la formación de la familia, de acuerdo con Llanes. En México aún no se considera que ellos participen en la vida de sus hijos, ni siquiera desde los permisos laborales, donde solo tienen cinco días de permiso para estar con los recién nacidos.
En 2024, nueve de cada diez personas que se encargaban de las infancias eran mujeres, según datos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Lo que en algunos casos las aleja del trabajo o las obliga a alterar su desempeño laboral. El 44% de la población que no tiene una actividad económica se dedica a tareas del hogar. Pero entre el 2020 y el 2025 la participación laboral de las mujeres incrementó un 2,3%, otro rasgo que define las decisiones sobre el número de hijos.
Además de la caída en el total de hijos, existe un grupo cada vez más presente de mujeres que deciden no tener ninguno. Están, por ejemplo, Irán Sosa e Isabel Cortés, que forman parte de la comunidad Nunca Madres, la cual se originó en 2021, después de notar que en Estados Unidos y Europa la discusión estaba presente, pero donde la cultura sobre la maternidad es distinta, con responsabilidades y pesos sociales diferentes. Aunque no hay una sola razón que defina a las que deciden no serlo, la presión social que exige una maternidad perfecta y el cambio en las relaciones con los hombres han formado gran parte del debate.
El cambio en el modelo de país resulta inevitable y, aunque en México no dejaremos de crecer hasta 2050, los datos plantean la necesidad de cambiar el foco: de ser un país joven a una nación que atienda a los adultos mayores, con instituciones capaces de cubrir sus necesidades de salud, vivienda y condiciones dignas.