Ahí estaban, a tiro de piedra de Las Ramblas, bajo el sol abrasador de un sábado de mayo, dos vejigas de vaca retumbando al son de un indomable enmascarado. Tenía la escena una atracción extraña. Quizás era por lo atávico del rito o tal vez por la inquietante careta endemoniada que marcaba el compás. Pero no podías dejar de mirar. Y de pensar. Y de imaginar. La mente volaba sola.