En España, la mitad de la población considera que las personas pobres tienden a acomodarse a su situación y a depender de las ayudas sociales, en lugar de buscar soluciones por sí mismas. Y prácticamente un 11% atribuye la pobreza a la pereza o falta de principios morales. Son dos datos demoledores de la encuesta elaborada por Aporolab, el Observatorio de Aporofobia de la Universidad Ramón Llull, que se presenta este jueves en el marco del congreso anual sobre la discriminación y aversión hacia las personas sin recursos. El sondeo ahonda en creencias, actitudes y también en cómo se traducen en determinadas posiciones sociales al respecto, y a diferencia de otros estudios, está realizado sobre el conjunto de la población y no solo con personas vulnerables que cuenten su experiencia. Los resultados dibujan un mapa de prejuicios, en un país en el que más de nueve millones de personas viven bajo el umbral de la pobreza. Las actitudes discriminatorias son mucho mayores entre los jóvenes, y también entre quienes se identifican con opciones políticas de derecha.
La aporofobia es un término acuñado por la filósofa española Adela Cortina. Para elaborar esta primera encuesta sobre la materia, en la que ha colaborado la Fundación La Caixa, 6.000 personas respondieron un cuestionario online. “Algo nos ha llamado la atención”, explica Flavio Comim, uno de los directores del observatorio: “Hemos visto que entre el 10% y el 11% de la población asocia características negativas que no deberían con las personas más pobres. Cuando pasamos a actitudes, como cambiarse de asiento en el transporte público si alguien sin hogar se sienta al lado, subimos a otro nivel [y aún más gente tiene estos comportamientos discriminatorios]. Y cuando vemos cómo esto se transforma en ideas que tiene la ciudadanía, o elecciones sociales, es una pasada”. Así que son tres niveles, y cada vez van agrupando a más población.
Nueve datos permiten visualizar muy gráficamente esa escalada. En el plano de las creencias: el 10,8% atribuye la pobreza a pereza o falta de principios morales; el 11,6% cree que su entorno asocia el maltrato a este colectivo a que las personas pobres son “sucias y huelen mal” o “no tienen nada que ofrecer a la sociedad”; el 10,2% las describe como moralmente inferiores o con adicciones. En el de las actitudes: el 12% se muestra de acuerdo con impedir la entrada de personas sin hogar a los bares; el 15,4%, con cambiarse de sitio en el transporte público si alguien sin hogar se sienta al lado; el 23,3% siente incomodidad ante una promoción de vivienda pública en su vecindario. Y en el de creencias sociales: el 33,1% opina que las personas pobres son una carga para los recursos públicos; el 43% considera que intentan aprovecharse de los programas de asistencia pública; el 50,4%, que tienden a acomodarse y depender de las ayudas sociales en lugar de buscar soluciones.
Los datos se conocen la misma semana en que Oxfam Intermón ha alertado de que, según sus estimaciones, el alto coste de la vivienda empuja a 770.000 trabajadores a la pobreza, con lo cual hay unos tres millones de personas que, pese a tener un empleo, carecen de recursos suficientes para afrontar el día a día. Comim apunta que este es el “primer informe de este tipo en España”, dado que aborda la aporofobia con el conjunto de la población, y que, en sucesivas ediciones, pretenden ahondar en las causas.
Por lo pronto, habla de hipótesis. “Es multicausal. Pero creemos que [las razones] están muy relacionadas con la desigualdad, no solo de ingresos, sino de riquezas. Podemos hablar de la cuestión de vivienda, porque ha habido mucha concentración en las últimas décadas. Y de cómo una proporción de la sociedad mira a la otra como si no tuviera derechos y atribuye la responsabilidad de la situación a otros”, señala Comim. El 70,9% considera que es del Gobierno, empresas, ONG o de la Iglesia. Solo el 29,1% elige, al hablar de responsabilidad, a todas las personas, incluida ella misma. “Si la ciudadanía no siente que algo es su problema, no tendrá una posición activa para demandar soluciones”, añade.
Pero este experto también habla del papel de la tecnología. “Nos quita proximidad, contacto hacia las personas, y pone distancia”, indica. Este cambio a la hora de forjar relaciones incide, en su opinión, en el hecho de que los jóvenes tengan actitudes mucho más discriminatorias que los mayores. El grupo de edad de 18 a 24 años describe a las personas pobres como moralmente inferiores o con adicciones en el 23,1% de los casos, frente al 6,5% de quienes tienen 65 o más años.
También son muchos más los jóvenes de 18 a 24 años que se sienten incómodos ante una promoción de vivienda pública en su barrio (31,8% frente al 16,8% de 65 y más años) y quienes se cambiarían de asiento en el transporte público si alguien sin hogar se sienta al lado (27,7% frente a 8,6%). A medida que aumenta la edad, va disminuyendo la proporción. En el informe se especifica que los datos no permiten determinar cuánto responde a una etapa vital concreta, ni si se cambia de opinión a medida que se cumplen años, pero sí se apunta que “el patrón merece seguimiento”. Comim se muestra alarmado. “Hay un componente generacional dramático”, señala. “Es posible que en el futuro estemos peor”.
Algo que cree que pasa ahora respecto a hace años. “En Europa hay estudios de hace 15 años, y entonces había otra Europa”, explica. Por lo que, considera, la situación ha ido a peor. “Hay momentos en los que las sociedades, por toda la unión de varios de estos factores, son más aporofóbicas, y ahora parece que es uno de ellos”, prosigue.
En la encuesta se detectan diferencias llamativas en función del espectro ideológico en el que se sitúen los encuestados. Se les pide que se coloquen en una posición, a la izquierda o a la derecha, con una escala del 1 al 9. La atribución de la pobreza a pereza o falta de principios morales es 3,8 veces más frecuente entre quienes se sitúan a la derecha que a la izquierda (del 19,8% frente al 5,2%). También es mucho más frecuente que se sientan incómodos ante una promoción de vivienda pública en el propio vecindario (40% frente a 12,5%) o que se cambien de sitio en el transporte público si alguien sin hogar se sienta al lado (23% frente a 10,1%).
Pero no solo se ven diferencias por edad e ideología política, también por género —con las mujeres puntuando algo mejor que los hombres respecto a estas actitudes discriminatorias— y por ingresos. El 10,3% de quienes viven en hogares con ingresos de hasta 1.000 euros mensuales asocia la pobreza a inferioridad moral o adicciones, frente al 5,9% de los hogares de más de 5.000. Aunque la incomodidad ante una promoción de vivienda pública es mayor en las casas con mayor renta (26,4% de los más ricos, frente al 22% de los más pobres). ¿Por qué alguien sin suficientes recursos tiene semejantes prejuicios? “Por una necesidad de distanciamiento social. Uno mira al que está peor para poder vivir con la pobreza que sufre, así sienten que no están tan mal”, expone Comim.
“Una persona no será más deshonesta, más viciosa o tendrá peor carácter por ser más pobre”, dice este experto. “Pero no se reconoce la dimensión humana de las otras personas debido a su condición económica. El gran reto es mirar a la gente a los ojos, reconocer su humanidad”.